Enrique Arias Vega: La cuestión monárquica

Por si no bastase con la que está cayendo (desastre sanitario, hecatombe económica,…) algunos cuestionan ahora la jefatura del Estado, como si transformarla en República fuera el bálsamo de Fierabrás, que espantase todos nuestros males.

Lo que nos faltaba a estas alturas: embarrar la institución en el lodo de las trifulcas políticas, como si se tratase de la fiscalía general del Estado o el Consejo General del Poder Judicial y que perdiese el carácter moderado y representativo que ahora la caracteriza.

Además, no están claras las ventajas republicanas sobre las monárquicas, y menos en nuestro caso.

En general, las monarquías que en el mundo hay propician regímenes democráticos y de estado de bienestar, desde Suecia a España, pasando por Gran Bretaña y Holanda. Y no pueden decir lo mismos muchísimas repúblicas que no son otra cosa que regímenes sangrientos y autoritarios, en los que un golpe de Estado sustituye el presidente depuesto por otro de no mejores trazas que él.

En nuestro país ha habido de todo claro. Desde monarcas nefastos, como Fernando VII (que paradójicamente fue denominado “el deseado” por el pueblo), hasta los mejores jefes de Estado, como Isabel de Castilla o Carlos III, por hacer un recorrido amplio en el tiempo. En cambio, las dos experiencias republicanas son un ejemplo de inestabilidad, sectarismo y conculcación máxima de los derechos humanos.

Por eso, los que ahora propugnan volver a las andadas republicanas lo hacen, en muchos casos, para debilitar nuestra estabilidad institucional, prometiendo hipotéticas ventajas que no resistirían la prueba de una clase política acostumbrada al enfrentamiento egoísta y a poner sus intereses por encima del pueblo que dicen representar.

A Contracorriente

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