No es una hipérbole ni una chulería, tampoco pretendo dar lástima o pena.No quiero que nadie se sienta ofendido, de antemano mil disculpas, ahora me explico.

Hoy, 25 de noviembre de 2020, sin rubor puedo afirmar que, hoy, estoy en el peor trabajo del mundo, o al menos en uno de ellos.  ¿Por qué?.  Es sencillo, se produce una concatenación de factores que hacen que esto suceda.

El tiempo ha empeorado el trabajo de los funcionarios de prisiones

Históricamente siempre ha sido un trabajo difícil y muy duro, no digamos nada de tiempos pretéritos donde actuales jefes de servicio y de centro y veteranos encargados, se dejaban la piel en patios intratables, mi respeto incondicional hacia ellos. Eran otros tiempos y aún así en algunos aspectos estaban mejor que hoy (el retributivo con respecto al resto de cuerpos similares ). Sigue siendo un trabajo duro, solo que no lo queremos saber.

Un trabajo poco valorado

Tratamos con personas privadas de libertad, no de forma voluntaria sino obligada, lo que hace que todo se complique. Sólo puedo imaginar clientes más difíciles en psiquiátricos, geriátricos, centros de discapacidad y centros de menores. Los trabajadores de estos centros son valorados socialmente, nosotros……

Invisibilidad tras los muros de las prisiones

Trabajamos en espacios geográficos separados de la sociedad, esta separación incide enormemente en la percepción de nuestro trabajo por parte del mundo de forma muy desfavorable. Por lo tanto la valoración social del mismo desciende, y la de sus trabajadores.

Retribuciones inferiores a otros colectivos

Tenemos unas retribuciones en función  de la peligrosidad, la penosidad, la turnicidad y la formación exigida, muy inferiores al resto,  ahora más.

Unos sindicatos alejados de la realidad y que han causado el hastío de los funcionarios

Hay un gran descontento por parte de muchos compañeros respecto a las formas y actuaciones por parte de quienes tienen que defender y mejorar nuestras condiciones. La realidad es que prácticamente no se ha conseguido nada desde el año 2004. Las explicaciones que han dado las formaciones sindicales son insuficientes y parece que el abotargamiento es en parte por no enfrentarse con quien te da las prebendas o peor si cabe por incapacidad manifiesta.

Un trabajo de espaldas a la sociedad

Ahora  bien, en los estudios socio-laborales siempre en los primeros puestos del ranking del síndrome de burnout. Trabajo precarizado, condiciones muy difíciles, paupérrima promoción horizontal e insuficiente y muy específica vertical. Así como escasa valoración por parte de los gestores de la institución tanto local como general.

Tristeza y pérdida de esperanza, al no ver la luz del final del túnel

Si a todo ello le unimos la enorme tristeza de los trabajadores que se sienten minusvalorados por la institución y por los diferentes gobiernos de turno. Unido a la ausencia de interés por parte de la sociedad puesto que gran parte de ella no quiere ver nuestra realidad aunque se venda la idea de reinserción y resocialización , pero mejor lejos, que no lo veamos, los delincuentes estorban.

El caldo de cultivo está preparado. Pérdida de condiciones unido a ausencia de expectativas de mejora. Menos ahora con la pandemia del covid 19, no logramos ver la luz al final del túnel. Espero equivocarme y con alegría, en un futuro cercano, podamos congratularnos con una realidad para los cuerpos de trabajadores penitenciarios más favorable, que nos reconozca lo que somos. Grandes profesionales sacando adelante el peor trabajo del mundo, volviendo a ser los mejores profesionales del mundo.

Pero eso ha de cambiar, y para eso está Tu Abandono Me Puede Matar.

Tu Abandono Me Puede Matar