Vicente Navarro de Luján : Realidad
Vicente Navarro de Luján: Realidad – En 1916 Don Jacinto Benavente estrenaba con notable éxito una obra de teatro titulada “La ciudad alegre y confiada”, en la que se narraba la actitud de una población ajena a los peligros que le acechaban, que seguía su vida rutinaria y feliz, segura de que sus gobernantes irían tomando las medidas más adecuadas para seguir en su cotidiana quietud.
La narración benaventina es muy aplicable al momento que estamos viviendo, porque somos una sociedad acostumbrada a que todo funcione bien, muy confiada en los progresos de las ciencias y las técnicas, acaso en nuestro Mediterráneo sólo preparados para que la atmósfera nos depare alguna inundación o un inmisericorde pedrisco que asole nuestras cosechas, pero, en tales circunstancias ya muchas veces vividas.
El agricultor está sicológicamente preparado para volver a empezar, de nuevo a podar o a regar sin perspectiva de cosecha, con la experiencia acumulada en generaciones pasadas.Son catástrofes que nuestra cultura milenaria nos ha ayudado a sobrellevar.
Lo de ahora es otra cosa.
Desde las pestes de la Edad Moderna, desde la llamada “gripe española” de principios del siglo XX, o el enfrentamiento con el SIDA, nunca nuestra generación se había enfrentado a una situación dura, global, respecto de la cual nuestros científicos no tienen respuesta acabada, pero que ha trastocado totalmente nuestra forma de vida, y que ha generado en todos una sensación nueva, desconocida hasta ahora, mezcla de ansiedad y miedo, vértigo ante lo desconocido, y que nos sume en un estado de perplejidad nunca experimentado en nuestra época.
La visión de ciudades populosas, cuyas calles están estos días absolutamente vacías, nuestros ámbitos urbanos normalmente repletos de actividad en nuestra cultura mediterránea, hoy yermos, nos dice que algo muy grave y profundo está pasando.
Un día empezamos a salir a los balcones a aplaudir a los sanitarios por su tarea, y ello estaba muy bien, pero poco después los balcones se llenaron de músicas, disfraces, chistes o remedos de fiestas locales, lo cual nos indica que había un intento global de huir del drama, de trivializarlo como forma de no hacer frente a lo que se nos viene encima, todo ello potenciado por una comunicación pública que ocultaba los féretros, que disimulaba las torpezas, que hurtaba los errores, que escondía la imprevisión y que usaba la información como una suerte de opio para adormecer al conjunto de la ciudadanía.
Pero, la realidad está aquí.
Es cierto que nos hallamos ante una situación sanitaria inédita en los últimos tiempos, pero también es verdad que hemos de afrontarla sin ocultar la verdad, sin discursos políticos pretendidamente terapéuticos, pero que de acá a unas semanas van a desvelar la hondura del reto.
Tenemos muchos desafíos por delante
En primer lugar, nuestro doloroso cambio de estilo de vida, desde la costumbre de la cercanía cotidiana con nuestro entorno en bares y restaurantes, tan propia de nuestra tradición romano-cristiana, que se va a enfrentar con medidas sanitarias de un calado aún no imaginable, y la experimentación de un cierto despego hacia el próximo, debido al temor a un contagio cuyas vías aún nos son desconocidas, y con la presencia de un miedo que sólo desbarataría la seguridad de una vacuna.
En segundo lugar, por más que toquemos la guitarra en el balcón, o coloquemos sonoros altavoces en las ventanas, nos acomete la seguridad de una crisis económica de magnitud insospechada, jamás vista, porque somos un país cuya actividad fundamental está centrada en sectores relacionados con los servicios, o industrias como la automovilística cuya prosperidad depende de la capacidad adquisitiva de los otros.
Cierto, la perspectiva del aumento del paro es colosal, no sólo en España, sino en otras latitudes europeas o de otro continentes. Pensamos con preocupación lo que nos espera a los europeos, pero una vez más olvidamos el drama africano o de algunos países hispanoamericanos.
Sí, saldremos de ésta, porque el ser humano ha sabido superar crisis de este tamaño o mayor, pero necesitaremos cambios de actitud, en la propia Europa donde parece que el virus físico ha extendido también la enfermedad del egoísmo y la falta de solidaridad, tendremos que tomar conciencia de que en un mundo global como el nuestro nadie perece solo ni nadie se salva solo.
Vicente Navarro de Luján: Realidad











