«Cuanto más corrupto es un Estado, más leyes tiene.»
Tácito
Hay mañanas en las que uno lee el periódico con la misma sensación con la que un arqueólogo retira una nueva capa de tierra. No para descubrir algo completamente inesperado, sino para comprobar qué ha aparecido esta vez: otro informe, otro registro, otra grabación, otro nombre, otra investigación.
Y, casi siempre, la misma impresión: que bajo la superficie visible sigue existiendo una estructura mucho más extensa de la que alcanzamos a ver.
No resulta fácil seguir la actualidad política española sin acordarse de Roma.
Los turistas fotografían el Coliseo. Los más curiosos buscan el Foro. Algunos terminan delante del Panteón. Muy pocos preguntan por la Cloaca Máxima. Y, sin embargo, probablemente fue una de las obras más importantes de toda la ciudad.
No era hermosa ni pretendía serlo. Su función consistía en retirar aquello que podía acabar enfermando a Roma. Aquella civilización comprendió algo elemental: toda ciudad genera residuos. La diferencia entre una ciudad sana y una ciudad enferma no está en producirlos, sino en lo que hace con ellos.
La Cloaca Máxima recogía aquello que la ciudad prefería no ver y lo alejaba por recorridos invisibles bajo sus calles. Era una infraestructura discreta, poderosa y extraordinariamente útil. Tan útil, de hecho, que las crónicas antiguas también la recuerdan ocasionalmente como refugio, escondite o vía de escape para quienes preferían moverse lejos de la mirada pública.
Las ciudades cambian. Los materiales cambian. Los nombres cambian. La naturaleza humana suele mostrar bastante menos imaginación.
Porque Roma no sólo construyó cloacas. También construyó patronos, clientes, favores, protección, influencias e intermediarios. Conductos invisibles por los que circulaban cosas mucho más valiosas que el agua: información, lealtades, acceso y capacidad de decisión.
La República tenía magistrados, leyes e instituciones; pero una parte importante del poder viajaba por caminos que no aparecían en ningún organigrama. Existía una arquitectura visible y otra menos visible. La primera se estudiaba en los textos legales. La segunda se aprendía observando quién hablaba con quién, quién protegía a quién y quién podía abrir puertas que oficialmente permanecían cerradas.
Dos mil años después seguimos llamándolo de otra manera: asesores, mediadores, operadores, facilitadores o fontaneros. Personas que aparentemente no deciden nada y que, sin embargo, aparecen con sorprendente frecuencia cerca de quienes toman las decisiones.
Semana tras semana aparecen nuevos informes, nuevas grabaciones, nuevos registros, nuevas investigaciones y nuevos nombres. Cada revelación parece conducir a otra; cada pieza encaja con una anterior y deja entrever una siguiente.
Lo verdaderamente llamativo ya no son los nombres. Los nombres cambian. Lo llamativo es que la arquitectura parece empeñada en repetirse.
Cualquier ciudadano entiende intuitivamente la diferencia. Una llamada puede ser casual. Dos reuniones pueden ser coincidencia. Tres contactos pueden explicarse. Pero cuando los mismos nombres reaparecen una y otra vez alrededor de los mismos intereses, la curiosidad deja paso a otra cosa: la necesidad de comprender el dibujo completo.
Ese es precisamente el aspecto más interesante de muchas de las investigaciones que hoy rodean al PSOE. Más allá de los nombres concretos y de las responsabilidades que puedan o no acreditarse judicialmente, lo que emerge una y otra vez es un determinado modelo de relaciones. Una forma de circulación de información, contactos, favores, intermediaciones y apoyos que parece discurrir paralelamente a las estructuras formales del Estado.
Hay además un detalle que no debería pasarse por alto: los ciudadanos conocemos una parte de la historia.
Sabemos que existen procedimientos en marcha, diligencias abiertas y distintas líneas de investigación. También sabemos que algunas piezas permanecen bajo secreto judicial, precisamente porque los jueces consideran necesario preservar determinadas actuaciones mientras continúan las pesquisas.
No sabemos qué contienen esas actuaciones. Tampoco sabemos cuál será su desenlace. Pero sí sabemos algo más sencillo: existe una parte del recorrido que todavía no podemos ver.
La sensación se parece mucho a la que produce una alcantarilla abierta.
Podemos observar la entrada. Podemos intuir la dirección. Sabemos que existe una red bajo nuestros pies. Lo que desconocemos es hasta dónde llega y qué conexiones esconde.
La pregunta verdaderamente importante no es quién acabará sentado en un banquillo ni qué procedimiento terminará en condena o en archivo. La pregunta anterior es otra: ¿estamos observando instituciones funcionando con normalidad o estamos contemplando redes informales de patronazgo utilizando las instituciones como escenario?
Ninguna ciudad se comprende observando únicamente una alcantarilla. Hay que entender toda la red: los recorridos visibles y los ocultos, los principales y los periféricos.
Por eso la cuestión más interesante de todas quizá sea ésta: ¿estamos contemplando ya la Cloaca Máxima o apenas estamos recorriendo galerías periféricas cuyo destino final todavía desconocemos?
La experiencia acumulada durante siglos enseñó una lección sencilla: quien encontraba una galería secundaria rara vez había llegado al final del trayecto; y quien creía haber encontrado el final, a menudo acababa de descubrir una entrada.
Toda investigación se acerca a su final cuando empiezan a aparecer respuestas. Y se aleja de él cuando cada respuesta abre una nueva entrada.
Y cuando demasiados caminos terminan en el mismo sitio, dejamos de preguntarnos por los caminos y empezamos a preguntarnos por el destino.











