He visto en las imágenes de la entrada a la comparecencia ante los juzgados de Catarroja a una mujer descompuesta, huidiza, temerosa, sobrepasada.
Entraba a declarar ante la jueza instructora que lleva adelante las posibles responsabilidades por las víctimas de la dana. Ha trascendido igualmente que se ha venido abajo en diversos momentos del interrogatorio, de larga duración, y que la misma jueza le ha ofrecido detenerlo, pero la interrogada, con arrestos, ha seguido adelante.
¿Qué podía atemorizar a Maribel Vilaplana?, ¿de qué podía ser culpable?, ¿su comparecencia como testigo se transformaría en imputación? No, nada de eso, en absoluto. Tan inocente entró como salió. Tan inocente fue, como es y será. ¿Entonces?
Emulando a Napoleón Bonaparte, podríamos decir: “¡Compatriotas, quince siglos nos contemplan!”. Porque es conocida la atmósfera que se ha creado en torno a Maribel Vilaplana durante este último año, por ser con quien comió, aquel funesto 29 de octubre de 2024, el ahora presidente en funciones de la Generalitat, Carlos Mazón.
Un señalamiento a la mujer desde instancias masculinas y femeninas, consciente o inconscientemente (lo cual demuestra lo acendrado de ciertas ideas en esta sociedad), señalándola con más inquina por ser una mujer profesional, exitosa, elegante, y además (lo cual no importa en absoluto, pero aquí sí) hermosa.
En medios de allá y acullá, en una lengua u otra, se ha manifestado el machismo desde el que se la ha tratado por un “pecado” esencial: era ella justamente la que estaba con Mazón, no el fundador de una ONG marítima, la responsable de una asociación ecologista o una anciana; era ella, y además con los rasgos enumerados arriba, y eso había de pagarlo.
Veinte siglos nos contemplan porque en la Vida y penitencia de la bienaventurada Tais, texto hagiográfico de la Antigüedad tardía sobre Santa Tais de Egipto, figura a la cual se dedicaron novelas, óperas y dramas, hallamos la misma actitud. Tengamos en cuenta que, tal como se nos relata, Tais era una niña tan hermosa que su madre, de pequeña, la llevó a una casa de lenocinio, y por culpa de su belleza muchos hombres lo vendieron todo para yacer con ella… Hasta que San Serapión fue a salvar a aquella niña prostituida convertida ya en joven deslumbrante.
La cuestión es que en su imaginario no la rescata del dolor, de la humillación y de la brutalidad; al contrario, le formula una pregunta: “Si sabes que hay un reino de Dios y un castigo, ¿por qué llevas a la perdición a los hijos de los hombres?”; y más adelante ella misma interroga al anacoreta: “¿Cómo quieres que ruegue a Dios para obtener el perdón por el mal que he hecho?” (las cursivas son mías).
Pero este transformar a una víctima en culpable, esta visión de lo femenino como lo peligroso, lo sucio y lo pecaminoso, no hace falta buscarlos en el desierto egipcio hace milenio y medio: hemos asistido a ella, alucinados, en los mendaces ataques a Maribel Vilaplana.
En tal imaginario, si rascamos un poco, se encuentra la idea de que ella fue la culpable de llevar a la perdición al honorable presidente, de que ha de ser juzgada y condenada por el mal que ha hecho, de que en el fondo toda mujer, si se tercia, puede ser equiparada a la Eva genesíaca que conduce a la caída, a la Pandora que abre la caja de las desgracias, a la bruja que trae las malas cosechas, a la femme fatale que rompe una familia y hunde a un hombre; en una palabra, a la puta, como lo fue Tais.
El ataque atávico y pleno de ensañamiento que ha sufrido y sufre Maribel Vilaplana, procedente, para más inri, de la izquierda mediática y poética, y de cierto pueblo español, demuestra, en un aspecto no evidenciado hasta ahora de forma tan chirriante, la corrupción que mora en los corazones, en el sentir y en el actuar de personas a quienes mueve más el odio que la verdad y el respeto por una mujer inocente.










