“Hay personas que piden perdón como quien recoge la mano.
Sin comprender que la piedra ya salió de sus dedos.”
Jose Navarro
“Una mentira puede recorrer medio mundo mientras la verdad todavía se está atando los zapatos.”
La frase se atribuye a Mark Twain. Y probablemente eso también sea cierto a medias.
Curioso.
Vivimos rodeados de titulares instantáneos, opiniones prefabricadas y diagnósticos de quince segundos sobre asuntos que exigirían horas de estudio. Basta una insinuación, un corte de vídeo fuera de contexto o una frase lanzada con rabia para sembrar sospecha.
Después, alguien tendrá que recoger los restos.
Nunca fue tan barato provocar confusión. Nunca fue tan caro explicarla.
Porque destruir siempre consume menos energía que construir.
Lo vemos en política, en televisión, en redes sociales y en conversaciones cotidianas convertidas en trincheras improvisadas. Hay quien prende una cerilla y observa el incendio desde lejos, como si no tuviera relación alguna con el humo.
Pero sería cómodo pensar que todo ocurre únicamente ahí fuera.
La realidad es bastante más íntima.
Hay quien arroja palabras como quien lanza piedras al agua, sin detenerse jamás a medir las ondas que provocan.
A veces ocurre en una discusión de pareja. Otras, delante de un hijo. En una reunión de trabajo. En una comida familiar.
Porque algunas frases duran segundos. Y algunas consecuencias, años.
Hay piedras pequeñas que el agua termina ocultando. Pero también existen piedras demasiado grandes para que el fondo consiga tragárselas.
Y entonces el problema deja de ser el impacto. El problema pasa a ser la permanencia.
Hay errores que pueden perdonarse y aun así seguir siendo visibles.
Quizá por eso reparar no consiste siempre en borrar la huella. A veces consiste en reconocerla. En asumir el coste de lo que dijimos, hicimos o provocamos.
Porque el impacto pesa más que la intención. Sobre todo para quien recibió el golpe.
El tiempo, por sí solo, rara vez arregla algo. Como mucho, desplaza el calendario.
Las ondas siguen ahí.
Tal vez crecer no consista en no lanzar nunca piedras.
Tal vez consista en dejar de pedirle al agua que mienta por nosotros.
Y quizá, al terminar este artículo, valga la pena volver al principio. Pero esta vez sin pensar en políticos, periodistas, tertulianos o algoritmos.
Léalo pensando en usted.








