Siempre que lo hablo con mis amigos me doy cuenta de un sentimiento generalizado: la Navidad ha cambiado
No solo porque ya hemos crecido, sino porque nosotros no somos los mismos; hemos cambiado también. Recuerdo con mucho cariño las Navidades en Castellón rodeado de la familia, en una reunión que ocupaba dos mesas y obligaba a poner una tercera supletoria, una reunión multitudinaria, con tíos, abuelos, primos… Todos celebrando, todos felices y con ganas de contarnos cómo había ido el año y los sueños del que entra. Pero de un tiempo a esta parte eso se rompió.
Desde la pandemia, las Navidades no han vuelto a ser las mismas
Aquella primera Navidad en pandemia fue una prueba de fuego para todas las familias; aún se mantenía el miedo al virus, seguía presente como un fantasma, invisible pero constante. Aquellas primeras Navidades sentaron precedente, lo cambiaron todo, nos hicieron refugiarnos en nuestro núcleo más cercano, cambiar tradiciones que habían perdurado durante años y con las cuales nos habíamos encariñado. Como cuando las “tres hermanas” se encerraban en la cocina para cocinar y planificar todos y cada uno de los platos que la familia disfrutaríamos durante todas las Navidades, un esfuerzo titánico anual que hacían con una sonrisa en la cara, mientras nosotros disfrutábamos y nos reuníamos. Un esfuerzo sobrehumano que, en algún momento, tenía que tener su punto final.
Es duro asumir que el tiempo ha pasado, que hay cosas que no volverán, que se mantendrán en nuestra memoria, intactas, esperando a que las desenvolvamos de nuevo, como un regalo
Recuerdo la paella al día siguiente de Navidad, la cena de Nochevieja, la comida de Reyes; todos esos recuerdos desfilan por mi mente como una procesión de espíritus que me devuelven la mirada y asienten con la cabeza, como quien sabe que su tiempo ha pasado y debe dejar de aferrarse. .
La pandemia instauró una nueva normalidad a la que ya nos hemos habituado, y no fue culpa suya, fuimos nosotros los que nos adaptamos a ella. Pero es en estas fechas previas cuando recuerdas, cuando echas la vista atrás, y te das cuenta de que lo que te duele es que nunca creíste que pudieran cambiar, que aquellas tradiciones a las que te aferrabas iban a ser así para siempre, y no reparabas en estos problemas.
Quizás sea el hecho de crecer, de no querer ver que, al final, nada es para siempre, ni nadie. De lo impensable que era que todo aquello, algún día, desapareciera
Quizás lo que quiera decir no es que todo ha cambiado, y a peor, sino simplemente que tenemos que aprovechar cada momento con los nuestros, disfrutar de nuestros abuelos, de nuestros primos, de nuestros tíos, porque puede ser que algún día tengamos que estar lejos o que alguien no pueda estar, y entonces solo nos quedará el recuerdo. Tenemos que disfrutar de lo que nos queda y de lo que tenemos, asumir la pérdida y seguir adelante, pensar que si tenemos ese recuerdo es porque algo mágico sucedió y, aunque ahora sea duro tener que recordarlo, peor hubiera sido no tener nada que recordar.
No sé si hemos cambiado nosotros o la Navidad
Pero vista de esta nueva normalidad, lo único que nos queda es luchar contra ella, intentar cambiarla en la medida de lo posible y volver a ser como éramos. Así que abraza a tu hermano, a tu padre o a tus abuelos, quiérelos y respétalos, dedícales el tiempo que no has podido dedicarles durante el año, haz que se cansen de tus besos, tus abrazos y tus caricias, porque para eso están estas fechas: para disfrutar de la familia y recordar a aquellos que ya no podemos abrazar.










