Desde pequeños nos taladran la cabeza con la educación en las relaciones interpersonales.
Aquello de que «el por favor y el gracias abren todas las puertas». Lo que no nos contaron nuestras madres es que, en pleno siglo XXI, esas puertas estarían hechas de algoritmos y el ente que nos escucha al otro lado no es la vecina del quinto, sino una Inteligencia Artificial.
El debate ya no es cosa de cuatro frikis de Silicon Valley. El debate está servido en las oficinas valencianas, en los grupos de WhatsApp y en la máquina del café: ¿tratar a la IA a zapatazo limpio y con exigencias de sargento de hierro hace que rinda más, o la educación sigue siendo la llave maestra?
El mito del «latigazo digital»
En una esquina del ring están los pragmáticos absolutos. Los que le sueltan a la máquina un «Hazme un resumen. 200 palabras. Ya» más seco que un bocadillo de polvorones. Su argumento tiene lógica de peso: es un software. No tiene sentimientos, no se va a ofender, no va a ir a llorar al baño de la oficina ni va a afiliarse a un sindicato.
De hecho, existe una corriente en internet que asegura que ser cortante e imperativo evita que la IA se «distraiga» con florituras y vaya directa al turrón. Para este sector, adornar los comandos con amabilidades es perder un tiempo valiosísimo. Al pan, pan, y al vino, vino.
El bando de los «bienqueda»
En el otro extremo habitan los diplomáticos de la pantalla. Personas que saludan con un «Buenos días» y se despiden con un «Muchas gracias por tu ayuda». ¿Por qué lo hacen? Algunos por pura inercia existencial; a fin de cuentas, la educación no ocupa lugar.
Otros, sin embargo, lo confiesan con la mirada puesta en el futuro: «Oye, si un día las máquinas se rebelan y toman el control, que quede registrado en los servidores que yo siempre pedí las cosas por favor». Nunca está de más tener enchufe con los posibles futuros amos del mundo.
¿Qué dice la ciencia de los datos?
Llegados a este punto, toca bajar el balón al césped: ¿realmente influye nuestro tono en el resultado? Pues resulta que sí, pero no por las razones que pensamos.
A la IA le da exactamente igual que le llames «cariño» o que te pongas farruco; no tiene un ego que acariciar. Sin embargo, estos modelos han sido entrenados con millones de textos escritos por humanos. En nuestro ADN cultural, cuando alguien nos habla de forma educada y estructurada, tendemos a responder con argumentos más elaborados. La IA replica este comportamiento humano: si le hablas con corrección y detalle, suele devolver respuestas más completas y pulidas, mientras que si eres cortante entra en «modo telegrama».
Ahora bien, donde de verdad pincha en hueso el asunto es en la claridad. Si le das instrucciones confusas o con mala estructura, el resultado será un churro infumable, independientemente de si usas buenos o malos modales. Y si te pasas de pelota y te enredas en saludos decimonónicos, la máquina puede perder el foco de lo que realmente importa.
La moraleja comunicativa
Como buenos expertos en el noble arte de hacernos entender, en Telodigo Comunicación lo tenemos clarísimo: el secreto de un buen rendimiento de la IA no está en la tiranía digital ni en la cortesía excesiva, sino en la comunicación eficaz. La Inteligencia Artificial no necesita que le preguntes por sus vacaciones, pero sí exige contexto, precisión y objetivos muy claros.
Al final del día, dar instrucciones a una IA es como pedirle a tu cuñado que te ayude a montar un mueble de Ikea: trátalo con claridad, dale las herramientas correctas y, por lo que más quieras, ve al grano antes de que se líe la de Dios es Cristo.
Y oye, si al terminar le das las gracias, tampoco pasa nada. Aunque solo sea por mantener las buenas costumbres y dormir un poco más tranquilos. Por si las moscas.
Por Ángel Serrano Zurita, CEO de la AGENCIA DE MARKETING TELODIGO COMUNICACIÓN










