En pleno siglo XXI, esta bestia se manifiesta con crudeza en Valencia, concretamente en La Pechina, donde el Ayuntamiento ha impuesto la nueva ORA, un sistema de aparcamiento regulado que obliga a pagar por algo que siempre fue nuestro por derecho: el espacio frente a nuestras propias casas.
A partir del 7 de julio, lo que fue un derecho se convierte en tributo.
- ¿Quién lo pidió? Nadie. No hay un solo vecino en La Pechina que pueda explicar esta imposición.
La administración ha decidido por nosotros sin preguntar, sin escuchar, sin importarles nuestro parecer. Y ahora, cuando se acerca la fecha fatídica, la empresa encargada, EYSA, naufraga en un océano de solicitudes acumuladas, incapaz de gestionar en tiempo y forma lo que ellos mismos han exigido. Al 4 de julio, la espera supera el mes, pero el Ayuntamiento, indiferente e inmisericorde, anuncia multas inmediatas desde el primer día. La máquina recaudadora no espera.
Intentar gestionar la tarjeta de residente es entrar en otro círculo infernal.
Se nos exige una cita previa imposible, se nos empuja hacia trámites telemáticos que pueden tardar meses en resolverse. ¿Es esta la era digital prometida? Parece más bien una pesadilla kafkiana donde el absurdo manda y el ciudadano se pierde en laberintos de formularios y esperas infinitas.
Por si esto fuera poco, en caso de robo o daño en nuestros vehículos aparcados en la calle, la administración nos abandona, alegando con sarcasmo cruel que nuestro coche estaba “abandonado”. La misma administración que reclama nuestro dinero se niega a asumir ninguna responsabilidad.
Y así, atrapados en esta telaraña absurda, recibimos consejos grotescos por parte de EYSA y de la concejalía: “pague diariamente para evitar sanciones”.
Es decir, pague por anticipado la ineficacia administrativa, o pierda su tiempo en reclamaciones e impugnaciones que acabarán alimentando, nuevamente, al monstruo burocrático.
Porque la realidad es aún más oscura: cuanto más reclamamos, cuanto más tiempo invertimos en pelear contra este gigante absurdo, más fortalecemos la razón de ser del propio sistema. Nuestra desesperación se convierte en el combustible que alimenta al monstruo.
¿Quién gana realmente con este despropósito? ¿Por qué externalizar una tarea que podría ser asumida por el propio Ayuntamiento? ¿Faltan funcionarios o sobra la ambición recaudatoria disfrazada de servicio público?
Larra sigue presente en cada trámite, en cada ventanilla cerrada, en cada “vuelva usted mañana” moderno, digitalizado pero igual de desesperante. Doscientos años después, la burocracia sigue siendo un monstruo hambriento que devora la paciencia y la razón de los ciudadanos.
Pero la esperanza no está perdida del todo. La ciudadanía, exhausta pero todavía digna, puede reaccionar, exigir, rebelarse contra este sinsentido administrativo. Es el momento de recordar a quienes administran nuestros recursos que están al servicio de la sociedad, no al revés, no para aprovecharse de ella.
Valencia exige respeto, transparencia y soluciones reales. Es hora de despedir a los abusadores.










