El síndrome abstinencia forma parte de la primera fase que debe abordar una persona con una adicción cuando inicia un tratamiento. Sin embargo, dejar una sustancia es solo el comienzo de un proceso en el que también debe aprender a gestionar situaciones que antes terminaban en consumo.
El National Institute on Drug Abuse sitúa la recaída en los trastornos por consumo de sustancias entre el 40% y el 60%. Además, un estudio publicado en Revista de Enfermedades Adictivas identificó que el principal determinante intrapersonal de recaída era hacer frente a estados emocionales negativos, con un 49,5% de los casos, seguido del craving o impulso de consumir, con un 17,5%.
Detrás de estas cifras existe una situación difícil de entender desde fuera: una persona puede no querer volver a consumir y, al mismo tiempo, sentir que necesita hacerlo. Antonio Peña, médico de Esvidas especializado en adicciones, considera que esta contradicción debe entenderse como parte de un aprendizaje previo en el que el consumo terminó convirtiéndose en una respuesta frente al malestar.
“Siempre le digo a los pacientes, sobre todo cuando llegan: no quieres consumir, si no, no estarías aquí; tú necesitas consumir porque estás viviendo una situación que no sabes cómo gestionarla. Entonces, vamos a hablar de esa situación”, explica Peña.
El síndrome abstinencia marca el inicio del tratamiento
Antes de abordar ese trabajo terapéutico, el tratamiento debe superar una primera fase médica: dejar de consumir sin exponer al paciente a los riesgos físicos y psicológicos asociados al síndrome de abstinencia.
“Cuando la gente ingresa a un centro hay que marcarse dos objetivos: no consumir y evitar los riesgos que lleva consigo el síndrome de abstinencia”, señala Peña.
El médico explica que los síntomas no son iguales en todos los casos. Entre las manifestaciones generales menciona “ansiedad, depresión, angustia o dificultades para dormir”, aunque también existen síntomas específicos según la sustancia.
En el caso del alcohol, Peña advierte de que el proceso puede provocar “temblores, convulsiones o delirium tremens”. Por ello, considera que el inicio del tratamiento no puede limitarse a interrumpir el consumo.
“Los centros tenemos que garantizar que el paciente no va a tener riesgo a la hora de dejar de consumir la sustancia”, afirma.
El acompañamiento puede requerir medicación, siempre bajo un criterio de seguridad. “Si el síndrome de abstinencia provoca convulsión o temblor, tendremos que utilizar medicamentos que eviten esa convulsión o ese temblor”, explica. Al mismo tiempo, introduce una condición: “Tenemos que evitar que los medicamentos no provoquen una adicción mayor”.
Cuando el cerebro recurre a una respuesta aprendida
Una vez superada la parte más urgente, aparece otra dificultad: entender por qué alguien que no quiere consumir puede sentir que necesita hacerlo.
Peña sitúa ahí una de las claves de la enfermedad: “Los adictos confunden el querer consumir con el necesitar consumir; tampoco entienden qué es la contención”.
Según el médico, la persona puede tener claro que no quiere volver a la sustancia y, aun así, encontrarse ante una situación emocional, conductual o cotidiana que no sabe gestionar de otra manera. En ese momento, su cerebro recurre a una respuesta que ya tiene aprendida.
“No quieres consumir, pero estás intentando gestionar una situación que no sabes cómo, y la imagen que tienes la has resuelto a través del consumo. Por tanto, tu cerebro te va a pedir que consumas, porque es la respuesta que tiene aprendida”, explica Peña.
Esta situación muestra que el proceso no siempre responde a un deseo consciente de consumir. Puede existir un rechazo al consumo y, al mismo tiempo, una necesidad intensa vinculada a una respuesta aprendida durante años.
La contención como parte del proceso de recuperación
Esa tensión interna coloca a la persona en una situación especialmente vulnerable. Peña lo describe como un enfrentamiento entre dos direcciones: “En el instante que no quieres consumir, pero necesitas consumir, tú te encuentras justo en el centro: te tiran para ambos lados, el de no consumir y el de sí consumir”.
Desde fuera, esta situación puede interpretarse como duda o falta de compromiso. Peña la denomina contención.
“Esta situación hace que la persona adicta no sepa cómo actuar. Y se aferra fuertemente a no querer consumir. Eso se llama contención”.
El médico lo resume así: “La contención es no querer consumir, a pesar de que necesito consumir”.
En los primeros momentos del tratamiento, “la contención es muy fuerte, porque no tiene herramientas suficientes para tener alternativas al consumo”, explica Peña. Y añade: “La contención es durísima y hay que tener narices para soportarla”.
Por ello, el acompañamiento no consiste únicamente en impedir que la persona consuma. También busca sostenerla mientras comprende qué le ocurre y aprende nuevas formas de actuar ante el malestar.
Recuperarse implica construir nuevas alternativas
Para Peña, el tratamiento de una adicción requiere distintas perspectivas. “Una adicción no puede ser tratada por una única persona. Es necesario un equipo multidisciplinar”, afirma.
Ese equipo permite abordar las dimensiones médica, psicológica, terapéutica y conductual. El objetivo no es únicamente que la persona deje de consumir en un entorno protegido, sino que recupere su capacidad de decisión fuera de él.
“Al centro llegan personas con dependencia, con adicción, y tienen que salir libres, con capacidad para poder decidir y poderse reincorporar a la vida”, sostiene.
La clave está en que el paciente acumule experiencias diferentes ante situaciones que anteriormente terminaban en consumo. Si consigue atravesar una necesidad intensa sin recurrir a la sustancia, aparece una nueva posibilidad: “la solución a través del consumo y la solución sin recurrir al consumo”.
Ese aprendizaje se acumula con el tiempo. La próxima vez habrá dos respuestas posibles; después, tres. “Llegará un momento que habrá tantas alternativas distintas al consumo que perderá la necesidad de consumir”, señala Peña.
Por ello, la recuperación no se plantea como un acto inmediato, sino como un proceso de aprendizaje. “La recuperación física no es lo mismo que la recuperación psíquica porque aquí entramos a hablar de un tema conductual”, explica.
Peña también recuerda que la memoria asociada al consumo no desaparece. “La imagen que formas el primer día que consumes no se borra. Pero le puedes superponer 200 mil imágenes distintas y tu cerebro tendrá 200 mil alternativas para gestionar la situación”.
La idea central es que la recuperación pasa por construir suficientes respuestas nuevas para que el consumo deje de ocupar el lugar de única salida.









