El acoso ya no se limita al patio del colegio ni a los pasillos del trabajo. Hoy, con un teléfono móvil en el bolsillo, cualquiera puede convertirse en víctima de una persecución constante: el ciberacoso. Este fenómeno consiste en la intimidación a través de las nuevas tecnologías y, aunque las redes sociales son el escenario más frecuente, también se da en aplicaciones de mensajería, juegos online o incluso mediante llamadas. El objetivo siempre es el mismo: humillar, ridiculizar o generar miedo en la otra persona.
La UNICEF identifica distintas formas de ciberacoso. Desde difundir mentiras o publicar imágenes y vídeos vergonzosos en redes sociales, hasta enviar mensajes ofensivos y amenazantes, suplantar la identidad de alguien o incluso utilizar la inteligencia artificial generativa para acosar sexualmente.
Una violencia sin fronteras
El ciberacoso tiene características que lo diferencian del acoso tradicional. Puede ocurrir en cualquier momento y lugar, porque estamos siempre conectados. Además, los agresores suelen escudarse en el anonimato, lo que dificulta su identificación. Y hay un factor clave: los contenidos dañinos pueden viralizarse con rapidez y alcanzar a cientos o miles de personas en cuestión de minutos.
Las consecuencias para la víctima son profundas. Ansiedad, depresión, baja autoestima y aislamiento son solo algunos de los efectos que los especialistas han documentado.
Qué hacer frente al ciberacoso
Ante esta situación, la recomendación principal es no enfrentarse en soledad. El Centro de Seguridad TIC de la Comunidad Valenciana establece una serie de pautas para protegerse: pedir ayuda a adultos de confianza, no responder a las provocaciones, guardar las pruebas y, en caso necesario, informar a la escuela o al entorno laboral.
El bloqueo del agresor y la denuncia del contenido en la propia plataforma son pasos clave, al igual que revisar la privacidad de nuestras cuentas y reducir los contactos a personas de confianza. Una regla fundamental: no culpabilizarse nunca. El acoso no es responsabilidad de quien lo sufre.
Por último, conviene recordar que el ciberacoso es perseguible por la ley. Avisar al agresor de que sus actos constituyen un delito puede ser un primer paso, pero si la situación persiste, la vía más eficaz es denunciar ante las autoridades competentes.













