Un tuit de mi querida compañera Ana Ruiz Echauri, que escribe como los ángeles aunque el cuerpo me pide escribir que escribe como Dios, despertó en las yemas de mis dedos la necesidad de escribir este texto con urgencia.

Y comienzo citando su nombre porque sí, porque es de justicia y porque la inspiración tiene un precio y se ha de reconocer. En fin, al lío.

No puedo negar que detrás de esta mala leche que a veces destilan mis columnas, hay un ánima poética.

Soy poeta, ya lo saben, y además concibo el periodismo como un género literario así que, a veces, me sale el verso en prosa cuando un sentimiento brota con la fuerza de un borbotón de sangre y supura por los entresijos de mis costuras.

Hoy ha sido un sentir muy fuerte, un tanto irracional y, tal vez, por eso más fuerte. Hoy, cuando me he levantado para abrir esa ventana que vuelca mi casa a la mar del Mediterráneo, he sentido el viento de poniente.

Ese viento capaz de arrastrar cualquier cosa que flote hasta lo más hondo. Y he sentido miedo. No me he atrevido a contárselo a Beatriz, pero le he hablado del viento de poniente mientras ella me aguantaba con paciencia.

El viento de poniente llega desde el interior. Recorre la meseta para abrasarnos en verano y helarnos las sangres y los huesos en invierno.

El viento de poniente alisa las aguas y recorta las olas hasta su mínima expresión aquí, en el Mediterráneo.

El viento de poniente convierte el aire en la transparencia irrespirable de un cristal limpio para dejarnos ver hasta los más pequeños detalles, desde lejos, de nuestros paisajes, desde muy lejos. Pero, a veces, me da miedo.

Si vuelve el tiempo del miedo lo hará con el viento de poniente, cuando llegue hasta la costa, después de recorrer montañas y vaguadas en su viaje.

Si vuelve el tiempo del miedo, miraremos hacia dentro esperando el zarpazo que desmonte nuestras ansias de ser libres, de vivir, de sufrir, de compartir nuestras ilusiones de jóvenes ahora maduradas por la edad.

Si vuelve el tiempo del miedo hemos de parar el viento, para que el miedo no nos arrastre, como el viento de poniente, en la mar, a lo más hondo, donde todo es azul marino, casi negro. Le pediré a mi amigo Paco, el marinero, que me enseñe a trastear las velas para saber parar estos vientos.

Las entretelas de nuestra chaqueta de paño marinera se estremecen cuando sopla el viento de poniente en invierno. Miramos la meseta desde abajo para saber de dónde viene ese viento.

El hecho de saber su procedencia no evita que todo lo trastoque para poner patas abajo este mundo de calma y sosiego que todos anhelamos para nuestro tiempo. Entonces es cuando sentimos frío, frío y miedo, aunque el viento de poniente despeje las sombras, nos arrastra hacia un vacío de silencios.

No se odiar, pero odio ese viento para no perderme entre lamentos. Prefiero mirar al viento de poniente de frente, en este noviembre, que callar para que me arrase el miedo. Ni corren buenos tiempos, ni soplan buenos vientos,pero es mejor vivir sin miedo.

Ferran Garrido
Ferran Garrido, escritor, poeta, comunicador