En este país las palabras pluralidad y respeto cada vez se pronuncian con más ligereza, y se practican con cuentagotas y tacañería. Esta realidad se mostró anoche durante la aparición de Mariló Montero en La Revuelta, el programa emitido en RTVE y presentado por David Broncano.
Llegaba como participante de MasterChef Celebrity 10, pero rápidamente la entrevista se convirtió en un debate sobre pluralidad, cultura y libertad de expresión. La conversación empezó con el tópico de la rivalidad entre presentadores de las diferentes cadenas, posteriormente, se pasó a un análisis de la ideología predominante en RTVE, y alcanzó uno de sus momentos más polémicos cuando Montero defendió la tauromaquia como arte, cuestionando así la decisión de excluirla de la programación pública.
Lo cierto es que Montero no dijo nada descabellado. Planteó la necesidad de que RTVE represente a todos sus ciudadanos, no solo a quienes piensan igual. Y eso, aunque moleste, es un principio democrático. RTVE, pagada con el dinero de todos, debería reflejar la pluralidad real de España: la del que vota a la izquierda y la del que no; la del que defiende los toros y la del que los rechaza. Sin embargo, como denunció la periodista navarra, lo que hoy vemos en la parrilla es un monocorde ideológico.
La tauromaquia, guste o no, es cultura. No lo digo yo, ni lo dice Mariló Montero, lo avala la historia. Y no es solo cultura, es economía, arte y patrimonio. Miles de empleos dependen de la crianza del toro bravo, un animal que desaparecería del mapa si no existiera la tauromaquia. Generaciones enteras han crecido con esto, y quieran o no, forma parte del ADN cultural de España.
Como era previsible, las redes ardieron. Entre los críticos, destacó Óscar Puente, ministro de Transportes, desviando la atención de sus propios fracasos en Cercanías, adjudicaciones cuestionadas y su gestión de infraestructuras bastante criticadas. Es más fácil burlarse de la defensa de la cultura que asumir responsabilidades de verdad. Pero para añadirle más ironía al asunto, ha salido a la luz una fotografía antigua del propio ministro asistiendo a una corrida de toros, dejando al descubierto una hipocresía flagrante.


El argumento más utilizado por el resto de los usuarios y personas que estaban allí presentes, (y que desde siempre se ha utilizado para oponerse a la tauromaquia) fue presentarla como “maltrato”. Pero esto no es progresismo, es censura disfrazada de una corrección moral totalmente abrumadora. Van de moralistas, pero luego olvidan que la pluralidad consiste precisamente en permitir que otros vivan según sus gustos y tradiciones, incluso cuando no coinciden con los propios.
Si alguien no quiere ver toros, tiene opciones sencillas: no vayan a las plazas, no compren entradas, no enciendan la televisión cuando se emitan corridas. Es tan simple como eso. No hace falta abuchear, insultar ni tratar de imponer la propia moralidad sobre la vida ajena. Porque al final, lo que se está atacando es la libertad de otros a disfrutar de lo que les apasiona. Quien no respeta esa diversidad pierde el sentido mismo de la palabra pluralidad.
Y ahí es donde ha entrado la valentía de Mariló Montero. En su intervención soportó los abucheos del público y, ahora, la lluvia de comentarios en redes sociales para recordarnos que la libertad de expresión no consiste en decir lo que todos quieren escuchar, sino en lo que uno tiene que decir.












