En Gátova, cuando llegan estos días, algo cambia.
No solo en las calles, en las campanas o en la luz de la tarde. Cambia en las personas. En la manera de saludarnos, en los reencuentros, en esa sensación difícil de describir de que el pueblo vuelve a latir con una intensidad especial.
La Semana Santa aquí no es un evento más en el calendario. Es memoria. Es herencia. Es identidad.
Y sin embargo, vivimos tiempos en los que a veces parece necesario justificar lo que siempre fue natural. Se habla de laicidad, de neutralidad institucional, como si eso implicara dar un paso atrás ante nuestras tradiciones. Como si respetar lo que somos fuera incompatible con representar a todos.
Nada más lejos de la realidad.
España es un Estado aconfesional. Y eso es una garantía de libertad. Pero la aconfesionalidad no es negación. No es silencio. No es esconder nuestras raíces. Es, precisamente, todo lo contrario: es permitir que cada persona crea o no crea, viva o no viva la fe, sin imposiciones. Y también sin complejos.
Como alcalde de Gátova, tengo el honor —y la responsabilidad— de representar a todos mis vecinos. A quienes llenan la iglesia estos días, a quienes participan en las procesiones con emoción contenida, a quienes viven la Pascua desde la tradición familiar, y también a quienes no se sienten parte de ella desde lo religioso.
Y quiero decirlo con absoluta claridad: todos caben en este pueblo. Todos son igual de importantes.
Pero representar a todos no significa diluir lo que somos. No significa vaciar de contenido nuestras tradiciones. No significa mirar hacia otro lado cuando una parte importante de nuestro pueblo vive con intensidad estos días.
Significa acompañar. Significa respetar. Significa estar.
Como abogado, conozco bien el valor de los derechos y las libertades. Sé que la libertad religiosa y la libertad de no creer son dos caras de la misma moneda. Y sé también que el equilibrio no se logra eliminando lo que tiene arraigo, sino garantizando que nadie se sienta excluido por ello.
Y como persona, hablo desde la sinceridad: soy católico y practicante. Pero incluso si no lo fuera, seguiría defendiendo con la misma convicción que la Pascua merece su lugar. Porque lo que ocurre estos días en Gátova va más allá de la fe individual.
Es el sonido de las campanas que han marcado generaciones. Es la imagen de las calles llenas, de familias que vuelven, de vecinos que se reencuentran. Es la emoción de quienes participan en los actos, pero también la de quienes simplemente observan y sienten que forman parte de algo mayor.
Es, en definitiva, pueblo.
En demasiadas ocasiones, el debate público se centra en lo que divide. En trazar líneas, en señalar diferencias, en enfrentar visiones. Pero la Pascua, al menos en Gátova, nos recuerda justo lo contrario: que hay espacios donde es posible compartir sin imponer, convivir sin renunciar, respetar sin desaparecer.
No hace falta confundir la laicidad o el carácter aconfesional del Estado con la obligación de invisibilizar aquello que forma parte de nuestra identidad colectiva. Respetar la Pascua no es imponerla. Es reconocerla.
Es entender que una institución pública también está para acompañar a su gente en lo que siente, en lo que vive, en lo que le importa.
Gátova es un pueblo que mira al futuro, que avanza, que trabaja por mejorar cada día. Pero también es un pueblo que sabe de dónde viene. Y solo desde ese equilibrio —entre lo que fuimos, lo que somos y lo que queremos ser— se construye una convivencia real.
Esta Pascua, más allá de creencias, es una oportunidad para detenernos, para mirarnos, para compartir. Para recordar que, en lo esencial, seguimos siendo comunidad.
Y eso, en los tiempos que corren, es más valioso que nunca.
Jesús Salmerón Berga, Alcalde de Gátova por el Partido Popular y abogado en ejercicio del ICAV.












