Tal vez no esté de moda, tal vez soy un antiguo o es que me he pasado de vueltas, o tal vez es que a fuerza de contener la rebeldía he encontrado la válvula de escape en la lectura de los clásicos ante tanta estupidez como nos rodea.

El otro día, no es la primera vez, me refugié en alguno de los libros de Mark Twain.

Es uno de mis referentes, por muchos motivos que no vienen al caso, pero muchas de sus reflexiones, más allá del contenido de sus obras que retratan personajes de otro tiempo que cada vez me recuerdan más a personajes del nuestro, no tienen desperdicio.

La del idiota, la de los idiotas, es total. Y no es irrespetuosa. Al ser genérica queda como diluida en el marasmo de la nada.

Además, en un tiempo en el que el insulto se esgrime con total tranquilidad, sin límite y sin freno, con el poderoso escudo de pedir después disculpas en una u otra red social, Espero que nadie se me enfade por citar al genial novelista.

A ver… no sé exactamente por qué me ha costado escribir tanto estas líneas.

Suelo venir a verles desde estas páginas cada fin de semana, pero el pasado domingo, entre que me pilló de trabajo y que no me aguantaba ni yo, no fui capaz de ponerme manos al teclado. Tal vez sea porque me saturé.

Mi nivel de tolerancia a la estupidez tocó fondo, o eso cría yo, porque desde el domingo hasta hoy la lista de cosas insoportables ha ido creciendo para desgracia de todos.

Decía yo el otro día en tuit, que no me libro seguramente yo tampoco, que he llegado a la conclusión de que el mundo está lleno de idiotas distribuidos estratégicamente para que nos encontremos, al menos, uno al día.

Hasta ahí vale, pero miren ustedes a su alrededor, abran oídos y ojos, y verán como ya superamos esa ratio.

En los últimos días un actor que vive en la opulencia, gracias a su trabajo sin duda, se permite el lujo de insultar a quien le viene en gana a costa de una Conferencia sobre el Clima que nos debe importar, y mucho a todos, pero que con altisonancias como esta se enturbia para hablar de él y no de lo que realmente importa.

Un concejal de una ciudad valenciana se cisca en la bandera de España, dice que es “un trapo” y que “no le pone cachondo” sin darse cuenta, tal vez, que puede poner caliente a mucha gente con la “brofegada” de marras.

Una profesora, en Andalucía, castiga a un niño severamente por gritar Viva España. En fin, espero que el castigo fuera por gritar en clase y no por el contenido del grito.

En Cataluña, en pleno día de la Constitución, un alegre y dicharachero grupo quema ejemplares de la Carta Magna demostrando un desprecio absoluto por el resto de sus conciudadanos españoles de los que reniegan.

Un señor que sale en la tele autonómica catalana y desprecia el Castellano porque dice que no es lo mismo pronunciar la palabra “libertad” en Español que en Catalán (que se lo digan a Miguel Hernández… en fin). Un alcalde independentista pone a caer de un burro a un tenista de talla internacional por mostrar su orgullo de ser español.

Se convierte en noticia el masivo apoyo al deportista. Algunos, desde la política, se empeñan en negar la realidad de la lacra de la violencia de género no sé muy bien con qué pretensión.

Otros niegan el cambio climático, como si no salieran a la calle cada día. Desde la derecha se llama “catalanista” a algún político de la izquierda que no lo ha sido jamás, mientras desde la Administración, eso sí, se reparten subvenciones a instituciones que lo son abiertamente, y no de ahora.

Insisto… así no vamos bien. O nadie se entera de nada o nos tomamos demasiado el pelo los unos a los otros. Por cierto, de lo de las negociaciones para formar un gobierno para España, mejor ni hablo.

Y, en el colmo de los colmos, un asesino confeso se echa el “noble gesto” de pedir perdón por su crimen a la hora de volver a negarse a declarar ante la jueza que lleva el caso. Volvemos así al inicio de mi cabreo de esta semana.

Nada como pedir perdón en público para lavar nuestra conciencia, aunque, bien mirado, más vale pedir disculpas que seguir empecinado en la ofensa.

Pueden ustedes hacer crecer la lista de motivos para haber tocado fondo en mi nivel de tolerancia a la estupidez humana, que crece cada día. A diestra y siniestra. Claro que, mientras nos cabreamos, discutimos y hablamos de estas cosas, no lo hacemos de lo que realmente importa.

Se nos olvida, demasiado a menudo, la cita completa de Mark Twain a la que hacía antes referencia: “Nunca discutas con un idiota. Te rebajará a su nivel y te ganará por su experiencia”.

Si alguien se siente ofendido por lo de idiota, pido disculpas y pelillos a la mar.

Ferran Garrido
Ferran Garrido. Comunicador. Poeta