El refranero promete calma cuando el culpable desaparece. España, sin embargo, ha descubierto que la muerte política del corrupto no cura la enfermedad: la adormece. Y, “un país que deja de ver la rabia acaba pastando feliz entre los mismos perros que lo devoran” (J.N.).
El origen del engaño:
“Muerto el perro, se acabó la rabia.”
Así rezaba el refranero castellano del XVII, nacido en una época donde la medicina era intuición y aun consultaba los astros, la justicia era capricho y se nutría más de rencor que de evidencias.
Y la responsabilidad —como ahora— pasaba de mano en mano hasta no quedarse en ninguna.
La idea era simple: eliminar el síntoma para fingir que la enfermedad nunca existió.
¡Qué hermoso sería que fuese cierto!
¡Qué cómoda la mentira cuando promete descanso!
¡Qué útil para gobernantes mediocres, tramposos y ladrones!
Pero España, a 6 de diciembre de 2025, sabe que ese refrán es falso, y no solo falso: es perverso.
Es una trampa, un autoengaño disfrazado de sabiduría popular. Porque si algo hemos aprendido en esta legislatura degenerada, es que matar al perro no extingue la rabia: la esconde.
- Y cuando la rabia se oculta, la nación baja la guardia; los jueces se relajan; los fiscales bostezan; los medios se distraen; los ciudadanos descansan; cambian de canal o pasan al siguiente reel.
Y entonces, en esa penumbra anestesiada, la corrupción vuelve a reproducirse como el moho en un oscuro sótano húmedo y vuelven a reproducirse, a criar camadas y clanes rebosantes de corruptos…
El engaño moral, no queremos que el perro muera:
La lógica diría que deseamos la caída del presidente del Gobierno, de su cohorte de ministros ornamentales y “expertos” asesores, de lacayos estirachaquetas, de proxenetas, de puteros, de comisionistas de doble licenciatura, de drogadictos con caros gemelos, de presuntos feministas agresores, de amos de chiringuito, de marxistas de opulentas nóminas y carísimas conciencias de quita y pon.
- Pero no, sería un error histórico, una victoria estúpida, un alivio que nos costaría décadas de decadencia.
Porque si muere el perro —si desaparece el corrupto visible—, España deja de ver la rabia y, al dejar de verla, vuelve a tolerarla. Pero esta sigue larvada por las grietas de las estructuras.
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Un Estado —este Estado— no funciona mejor cuando el monstruo, el corrupto desaparece de la escena. Al contrario: funciona peor.
Se duerme, se lava las manos, se declara satisfecho, archiva deprisa, perdona rápido, amnistía e indulta veloz y olvida más rápido todavía.
Por eso, este artículo, paradójicamente, defiende que el déspota continúe hasta el final de su mandato, que siga chillando sus miserias a pleno sol y a la luz de la luna si quiere.
Que su ridícula resiliencia, fruto de aquel manual escrito para cabezas como ladrillos de siete huecos, le mantenga en su absurdo desgobierno preso de este carísimo paroxismo legislativo, haciendo ostentación de su arrogante indigencia intelectual y recordándonos cada día lo que nunca más debemos permitir para que ninguna institución de este país pueda mirar hacia otro lado y fije toda su atención en su turbio pasado, su oscuro presente y su negro futuro.
Porque si algo necesita España no es el consuelo de un heredero de poltrona, sino memoria.
No es exclusivamente calma, sino vigilancia legal.
No es solamente olvido, sino justicia ágil y despierta.
España 2025, la rabia tiene nombres propios:
A estas alturas, España ya no necesita apellidos para identificar la podredumbre. Basta un nombre propio para recordar un expediente, una dimisión, un audio, un sumario, un hilo de WhatsApp o una frase vergonzosa.
Cuando una democracia llega a esto, es que la rabia ya no es metáfora: es categoría administrativa.
- Madrid – Andalucía – PSOE: el caso de Víctor
En Madrid y Andalucía, Víctor fue apartado con la velocidad de quien barre un derrame de ácido con un cepillo de dientes. La política funciona así: cuando te cortan el micrófono, ya no hace falta juez.
- Galicia – Mareas, Podemos y derivados: el caso de Martiño
En Galicia, Martiño desapareció de la escena, se fue a hacer las Américas; del mismo modo que se retira un decorado inapropiado o averiado. Una destitución política vale más que cien querellas: cuando tu gente te expulsa sin esperar al fiscal, ya has sido condenado por estética moral.
- Torremolinos – PSOE: el caso de Antonio
En Torremolinos, Antonio se fue por la puerta de atrás antes de que los focos terminaran de encenderse. Y en política, la rapidez casi siempre delata la gravedad.
- Más País: el caso de Íñigo
Íñigo sufrió un desmoronamiento menos ruidoso, pero igual de revelador. Contrataciones cuestionadas, un proceso judicial por agresión leve y un desfile de contradicciones que erosionaron su relato de prístina pureza. La moral elevada tiene un problema: cae desde más alto cuando tropieza con cualquier hoja seca.
- Podemos – El patriarca: Pablo
De Pablo ya lo dijo la hemeroteca. “Azotar hasta sangrar”, los baños, los audios, las galopadas a lomos de contradicciones, los viajes, sus gloriosos homenajes a la estulticia y a la ignorancia, su incoherencia inmobiliario-salarial y los sumarios.
La rabia aquí no necesitó metáfora: habló con su propia voz.
- La ministra del oráculo anatómico: Dolores
Dolores, ex fiscal general del Estado y amorosa pareja del “insigne juez”, de oficio sinuoso y expulsión fulminante, dejó grabada en la historia aquel homenaje al feminismo y al machismo simultáneamente: —“información vaginal, negocio asegurado”—, que sonó más a celda de Villarejo que a Ministerio de Justicia. Ningún delito, cierto. Pero sí una indecencia institucional que ni la toga más solemne puede ocultar.
- El ingeniero moral: Pablo (el otro)
Luego vino el otro Pablo, maestro del sarcasmo involuntario, como los burros a las flautas… “Chúpame la minga, Dominga”, en directo, sin filtro, sin rubor, sin neurona y sin anestesia. A eso se sumó una sanción firme por tener a su cuidadora sin contrato, irregularidad reconocida y abonada. La izquierda moralizante descubrió así el teorema definitivo: quien presume demasiado, siempre acaba explicando de más.
- La industria de la seguridad de saldo: las pulseras electrónicas
¡Ah, las pulseras electrónicas! Contratos inflados, empresas improvisadas, informes deficientes y la joya de la trama: dispositivos idénticos a modelos de AliExpress, comprados por el Estado como si fueran tecnología biométrica de la NASA. Una corruptela con número de seguimiento y embalaje low-cost. La mezcla perfecta entre crimen y dropshipping institucional (vender productos online sin tener nada en el inventario). Si es que son muy listos…
- La ley que abrió cárceles: el “Solo Sí es Sí”
Y luego llegó la ley que iba a ser el estandarte del feminismo de Estado. Otro homenaje simultaneo a tirios y a troyanos, a feministas de salón y a violadores de galería carcelaria. Terminó liberando agresores, reduciendo condenas y acumulando más de 1.200 revisiones a la baja y más de 100 excarcelaciones. España experimentó así un nuevo concepto jurídico: la incompetencia performativa. La ideología escribió la ley; las víctimas pagaron la factura.
Y esto es solo el aperitivo, los grandes clásicos siguen en cartelera, con funciones de mañana, tarde y noche:
- ERE: el saqueo institucionalizado.
- Gürtel: el capitalismo del veinte por ciento.
- Púnica: los amigos son para siempre.
- El tres per cent de Convergencia (muerto el perro, se acabó la rabia, ¿lo ven…?
- El legado andorrano del abuelo de Jordi, los misales de Marta, la madre superiora y las ITV de la criatura.
- Tito Berni: prostíbulos, drogas, marisco y política progresista.
- Koldo: aeropuertos vacíos, comisiones muy llenas.
- La niñera: privilegios domésticos camuflados como lucha social.
- Compra de votos: democracia de saldo.
- Narcopolítica insular: política turística de sustancias incluidas.
- Chiringuitos ideológicos: más de mil estructuras para producir nada salvo sueldos.
- Asesores infinitos: el BOE como agencia de colocación.
- Hermana: ¡yo sí te creo!, pero a ratos y depende cómo te llames.
El daño generacional, lo que costó levantar este país:
Nuestros bisabuelos araron campos sin máquinas. Nuestros abuelos reconstruyeron un país devastado.
Nuestros padres trabajaron más horas de las que admite un reloj para que España entrase en Europa, para modernizarla, para que sus hijos tuvieran un futuro sin barro, sin miedo y sin hambre.
Tres generaciones vivieron con la austeridad como bandera y se dejaron la vida para construir un país digno.
Y ahora llegan estos delincuentes perfumados, disfrazados de ética, progreso y justicia social, con su impostada “superioridad moral”, con sus cargos heredados, con sus discursos feministas de tarima flotante mientras pagan sexo, explotan y cosifican como nunca a las mujeres, se rodean de cocaína, acosan becarias, manipulan denuncias o reducen condenas a violadores.
Nos dicen que es “por el pueblo”, “por las mujeres”, “por la justicia social”… ahora vuelvo que creo que voy a vomitar.
Y deshacen nuestro país con la prisa de quien no lo ha construido:
La herencia se diluye.
El esfuerzo se esfuma.
La memoria se degrada.
Nuestra historia se reescribe por estos ineptos, cuajada de borrones y faltas de ortografía.
¿Entendemos por qué no podemos permitirnos “matar al perro” ?:
porque cuando desaparece, la rabia se vuelve invisible y la invisibilidad es siempre el primer síntoma de la recaída.
El desenmascaramiento, mantener viva la infección para curarla
Quizá usted, lector, esperaba de mí, un llamamiento a dimisiones, elecciones anticipadas, derribos simbólicos o la “muerte política de alguien”.
No.
Ese es el truco.
La finta del refrán.
El engaño del consuelo.
Sería un error histórico, (otro más).
Un alivio mentiroso.
Como pasar un trapo húmedo sobre una inmensa mancha de petróleo.
Queremos al perro vivo y la rabia destapada, identificada en toda su miseria y extensión.
Queremos verlo.
Queremos escucharlo ladrar.
Queremos que su rabia siga presente dando entrevistas, firmando decretos, arrodillándose impúdicamente ante los fascistas separatistas, insultando la inteligencia y la moral de todo un país, para que la maquinaria del Estado, de los jueces, de los fiscales, de los periodistas y de todos nosotros, los ciudadanos, siga despierta, afilada, alerta e irreductible.
Si el sátrapa cae antes de tiempo, España descansará y se dormirá falsamente feliz.
Si España duerme, la corrupción se reproducirá, el Estado bajará la guardia, los ciudadanos se cansarán, los medios cambiarán de tema.
Y la rabia —la verdadera rabia—volverá a instalarse en silencio en esos sótanos enmohecidos del poder.
No queremos indultos.
No queremos olvidos.
No queremos archivos.
No queremos homenajes póstumos.
Los queremos vivos.
Muy vivos y muy sanos.
Y pagando.
Llamamiento:
España no puede permitirse el lujo de olvidar, de volver a dormirse con el vicio de relajarse.
No puede permitir que la rabia regrese disfrazada de normalidad.
No puede tolerar que los proxenetas éticos del Estado huyan sin pagar.
No puede dejar que los falsos moralistas se escondan detrás del telón del tiempo.
No necesita clemencia.
Necesita memoria.
Necesita vigilancia.
Necesita que el perro siga ladrando para no olvidar su enfermedad, su rabia.
Necesita una justicia preparada y equitativa, con sus herramientas engrasadas para el bien de todos nosotros, certera e implacable.
Y necesita ver a la rabia todos los días.
Los ciudadanos también.
Porque —y esto lo sabe cualquier ciudadano decente—
cuando la rabia desaparece de la vista, siempre vuelve a morder por la espalda.
“A los que predican moral mientras prostituyen el poder, que la justicia no les dé paz, ni olvido, ni absolución: solo la larga vida necesaria para pagar cada uno de sus crímenes.” (J.N.)











