De entre las muchas prohibiciones que padecemos, la de usar determinadas palabras es la más absurda. Que en el congreso se vote una regulación para usar la palabra cáncer, solo tiene una explicación y es que los políticos no quieren un apodo.
- La palabra Charo, término acuñado en un foro para denominar a cierto tipo de mujeres, también les ofende y nuestra ministra de igual-da, quiere erradicarla.
Es tan absurdo que solo tiene una explicación y es la de siempre. Dinero para un chiringuito. Será un observatorio, plagado de “Charos” que cobrarán un sueldecito por denunciar cuentas en redes sociales y endilgar “delitos de odio” a todo quisque. Cualquier excusa es buena para esta gente. Además, así pueden coaccionar al personal un poco más.
Lo gracioso del caso, es que estas mismas que ahora quieren erradicar una palabra que las define con humor, eran las mismas que con veinte años, no dudaban en calificar a su madre o a su vecina cuarentona de “Maruja”.
Curiosamente estas Charos eran las que definían con desprecio a las amas de casa en los ochenta y noventa como “Marujas”. Los “aliades” y las otras especies que poblarán ese chiringuito, muy probablemente también usaban el “Maruja” sin ninguna restricción. De hecho, recuerdo perfectamente un libro publicado allá por el ochenta y cinco, titulado “El gran libro de la Maruja” de la editorial de libros de humor Papagayo. No recuerdo los nombres de los autores, pero si su foto.
Eran dos chicos con un aspecto entre “Los Ángeles de Charlie” y Locomía. Qué como buenos ejemplares de su “especie”, no dudaban en escarnecer a las mujeres. El libro era un catálogo de ridiculeces y mofas a las mujeres, pero claro, era el año ochenta y cinco y eran otros tiempos. La gente se podía reír de cualquier cosa, con buen o mal gusto, eso daba igual, porque si había un “Gran libro de la Maruja” también se podía encontrar el “Gran libro del señor cartón” o el “Gran libro del Mariposón”. Y no pasaba nada. A nadie se le pasaba por la cabeza prohibirlos. Si te gustaban, los leías, si no, pues nada. Así de fácil.
Pero estos son otros tiempos. Tiempos de inquisidores, ofendidos y todo tipo de mamarrachos totalitarios, sin sentido del humor ni inteligencia para detectarlo.
Son tiempos de prohibiciones absurdas o interesadas. Prohibiciones que rara vez corresponden con un interés general, pero siempre se presentan como algo por “el bien común.” Usted no se ponga a vapear en un bar, porque cierran el local y usted tendrá que pagar una multa astronómica.
- Es por la “salud en general”, esa misma salud que les importa un pito, mientras usted espera meses para que le vea un médico especialista, o le restringen fármacos.
No digamos ya si se encuentra inmerso en una catástrofe, tendrá que pedir que le manden la ayuda que usted paga religiosamente.
Las Charos que tanto se ofenden, son las hijas y nietas de las Marujas que no se ofendían, las que muy juiciosamente obviaban el apelativo con una media sonrisa. Sabedoras de que no era más que una chanza, entre millones de chanzas.
El sobrenombre “Charo” hace referencia a cierto tipo de mujeres, por su aspecto y por su actitud. Corresponde muchas veces a una estética.
Pelo corto y de color nada natural, gafas raras, ropa de aspecto infantil talla extra… Y también a una actitud. Mujer de izquierdas, intolerante, resabiada y expendedora de slogans y moralinas.
El problema con esto es que existe un buen número de personas a las que les gusta mucho pensar por los demás, “por el bien común”. Que suele reducirse a prohibir lo que no les gusta. Pensar por los demás tiene un gran defecto y es que, no te deja tiempo para “pensar”.
- Desde hace algún tiempo, muchas descendientes de las Marujas se muestran muy ofendidas por este apelativo. Claro, no es lo mismo reírse a que se rían de ti.
Escritoras, actrices, ministras y periodistas se revuelven en sus poltronas cuando alguien las califica como Charos. Se quejan de este “desprecio” por las mujeres de cierta edad, de este chascarrillo tan español. Pero no se le pueden poner puertas al campo. ¿Acaso “cuñao” no resulta en ocasiones ofensivo? Pero no pasa nada, porque el “cuñao” es un hombre, y en estos tiempos, denigrar al hombre está bien visto y premiado.
Señoras Charos, los cuñaos y las Marujas, también saben poner apodos.












