La mar siempre devuelve lo que no es suyo. Siempre. Las aguas acaban regurgitando lo que no son capaces de digerir y nosotros somos especialistas en alimentar nuestros mares con un variado menú de sustancias indigeribles. No sabemos hasta qué punto o, peor aún, sí lo sabemos, y seguimos haciéndolo aún a sabiendas que le vamos a provocar un reflujo dañino y tóxico.

El otro día, después de escribir uno de estos artículos que publico en prensa y que ustedes tienen a bien en leerme, me fui, tal y como anuncié al final de aquella columna, a dar un paseo por mi playa. El que casi vomita, víctima de ese reflujo, fui yo. Y eso que una legión de operarios se afana, desde que terminó la puñetera de Gloria con su borrasca, en limpiar la playa y en devolver la arena a su sitio. Tarea ardua si tenemos en cuenta que el temporal ha dejado la costa que no la reconocemos ni su madre, ni los que vivimos a pocos metros del agua.

De que casi se me saltan las lágrimas no les voy a hablar. De lo del vómito sí que, aunque es más desagradable y menos poético, seguro es más efectivo a la hora de remover su conciencia y, de paso, revolver sus tripas.

Y es que la mar siempre devuelve lo que no es suyo. Siempre. Playas llenas de basura después de la borrasca. Eso es lo que nos encontramos en nuestros paseos y eso, eso tiene solución. Lo de los destrozos causados por la naturaleza tiene remedio aunque no solución. Pero lo de la basura, además de no tener nombre, tiene solución.

La cosa es tan sencilla como dejar de comportarnos como unos cerdos con nuestra mar, esa madre mar que nos lo ha dado todo y sin la cual no seríamos lo que somos. Ni cultural, ni social ni económicamente. Ni como país, ni como pueblo.

Ya sé que no somos los únicos que tiramos todas nuestras porquerías al Mediterráneo. Pero no soy de ver la paja en el ojo ajeno y prefiero verla en el propio antes de estamparme de cara con una viga.

Así que asumo mi parte de culpa como vecino de un país ribereño y, después de ver las toneladas de basura que me ha devuelto la mar, depositándolas amable y educadamente en mi playa, hago propósito de enmienda. Nunca más un solo plástico fuera del cubo del reciclado.

En uno de los reportajes a los que me lleva mi profesión, me contaba un prestigioso científico que en el año 2050 habrá en la mar más partículas de plástico que peces. Que los desechos de plástico matan más de 100.000 mamíferos marinos al año y que mueren casi un millón de aves por su culpa cada 365 días.

Debe ser por eso que, con cada temporal, nuestro Mediterráneo, esa mar que siempre ha cuidado de sus criaturas, nos devuelve la basura con cariño para que limpiemos nuestras miserias plásticas depositadas por tonelada en la arena. Y, de paso, con su limpieza, nuestra conciencia.

Lo sabemos hace tiempo, aunque nos hemos puesto de perfil y hemos mirado para otro lado, pero cada vez es peor y la naturaleza cada vez disimula menos. La mar siempre devuelve lo que no es suyo. De momento nuestras basuras. Cualquier día nos va a devolver, como una bofetada, todo el mal que le hemos hecho a la naturaleza. Ese día lloraremos con lágrimas negras lo que ahora llora la marea con cada temporal.

Ferran Garrido
Ferran Garrido, periodista, poeta.