Nos quejamos muchas veces de estar sometidos a leyes que no comprendemos y que maldito el imbécil que las aprobó.

La verdad es que en España la cosa no suele ser para tanto, aunque otros lugares no pueden decir lo mismo.

Cuando en 2015 viajé a Islandia, fui felicitado la víspera misma por mi cuñado: “Enhorabuena, desde ayer ya puedes ir a la isla sin que te maten”.

Se refería a que acababa de ser abolida una ley de 1615 por la que un islandés podía matar sin más a cualquier vasco, tras haber embarrancado entonces tres balleneros de aquella procedencia y haberse dedicado al pillaje su tripulación para sobrevivir.

Aún no está abolida, en cambio, una ordenanza de York por la que puede asesinarse legalmente a un escocés, eso sí, siempre que porte arco y flechas.

Como se ve quedan vigentes leyes raras, algunas de tiempos de Maricastaña, como la del territorio estadounidense de Guam, donde una mujer no puede casarse virgen y existen unos profesionales dedicados a remediar la cosa.

Pero es que tampoco en Canadá puede hacerse un vendaje en público o en Inglaterra morirse nadie en el Parlamento, pues en ese caso debe encargarse del cadáver la Corona Británica.

Tanta tontería no se debe a la posible locura de los políticos, ya que en la mayoría de las ocasiones son plebiscitos populares los que han decidido que los hombres de la localidad norteamericana de Carmel deban ir con chaqueta y pantalón a juego, en Alaska se pueda matar a un oso pero no despertarlo cuando está durmiendo o en Vermont prohibirse que las mujeres se pongan dentadura postiza sin permiso firmado del marido.

O sea, que la estupidez no es exclusiva de los políticos, sino que somos los propios ciudadanos quienes nos dejamos llevar casi siempre por nuestras manías, prejuicios o simple majadería.