La primavera empezaba a insinuarse en Valencia con esa luz que invita a ocupar terrazas aunque el aire aún conserve memoria de invierno. Me senté en una mesa lateral y pedí un café ristretto. A mi lado, dos “jóvenes” de unos sesenta años conversaban con la serenidad de quien ya no necesita imponerse.
— Parece que hasta el arte necesita permiso para respirar —dijo uno de ellos, señalando la noticia sobre el cierre temporal de más de doscientas galerías en protesta por el IVA cultural.
— No es permiso —respondió el otro—. Es fiscalidad.
— Ya… pero cuando respirar cuesta demasiado, uno termina conteniendo el aire.
— Eso no es falta de libertad. Es una condición.
El primero sonrió apenas.
— Siempre hablamos de libertad como si fuera un terreno sin vallas.
— Nunca lo ha sido —replicó el segundo—. La libertad siempre vive dentro de un marco. La cuestión es si ese marco organiza o asfixia.
— Como una carretera sin señales. Puedes sentirte libre… hasta el primer choque.
— Las señales no limitan el viaje. Lo hacen posible.
— Entonces el problema no es el límite.
— El problema es confundir límite con opresión.
Apuré el café y pedí otro.
— Nos encanta la palabra libertad —continuó el metafórico—. Es breve. Cabe en cualquier pancarta.
— Y se usa para casi todo —concedió el pragmático—. Incluso para lo que no lo es.
— ¿Como el libertinaje?
— Exacto. Libertad es poder elegir y asumir consecuencias. Libertinaje es elegir ignorándolas.
— Como quitarse el cinturón porque molesta.
— Puedes hacerlo. Pero no puedes exigir que el impacto no exista.
Hubo un silencio breve.
— Hemos infantilizado la palabra —dijo el primero.
— Hemos olvidado la responsabilidad que la acompaña.
— Y cuando alguien pone condiciones…
— Decimos que nos están quitando la libertad.
— Aunque esas condiciones existan para que otros también la tengan.
El sol empezaba a imponerse en la terraza.
— ¿Qué diferencia hay entre libertad condicionada y libertad vigilada? —preguntó el metafórico.
— La condicionada depende de cumplir requisitos. La vigilada implica supervisión directa.
— Como salir de prisión con pulsera electrónica.
— Exacto. Eres libre, pero bajo control.
— ¿Y en lo cotidiano?
— En lo cotidiano casi siempre hablamos de condiciones, no de vigilancia. Impuestos, normas, contratos… Son reglas de convivencia.
— ¿Y las cámaras, los datos, la presión social?
— Eso es entorno. Puede convertirse en coacción si elimina la posibilidad real de disentir.
— O si convierte cualquier error en condena perpetua.
— Entonces ya no hablamos de límite. Hablamos de miedo.
El metafórico lo miró con interés.
— A veces tenemos libertad formal… y ninguna interior.
— Eso ya no es un problema jurídico.
— Es un problema de madurez.
Se produjo una pausa más larga, pero no incómoda.
— Quizá el problema no sea la falta de libertad —añadió el primero—, sino la falta de precisión.
— Una sociedad que no distingue conceptos termina discutiendo emociones.
— Y llamando opresión a cualquier norma.
— O libertad a cualquier impulso.
El camarero dejó la cuenta sobre la mesa.
— ¿Sabes qué me inquieta? —preguntó el metafórico.
— Dime.
— Que defendemos nuestra libertad con mucha energía… y escuchamos muy poco la del otro.
El pragmático asintió.
— Escuchar también es un límite.
— ¿Un límite?
— Te obliga a frenar tu impulso de imponer.
— Curioso. Escuchar como forma de autorregulación.
— Exacto.
— Entonces la libertad no se fortalece gritando.
— Se fortalece entendiendo dónde empieza la del otro.
Se levantaron sin prisa.
— En el fondo, la libertad no consiste en hacer todo lo que uno quiere.
— Sino en saber cuándo no conviene hacerlo.
Salieron conversando con la misma calma con la que habían llegado.
Me quedé unos segundos más. Terminé el segundo café ristretto y pensé que, quizá, la libertad no necesita más volumen, sino más claridad. Y que tal vez muchas de nuestras disputas no nacen de su ausencia, sino de nuestra dificultad para entenderla… y para escucharnos.
“La libertad empieza en la elección, aunque se sostiene en la responsabilidad y se perfecciona en la escucha.” .- Jose Navarro
—Gracias a mi amigo Pepe Costa.-












