Hay herramientas que uno no inventa. Simplemente descubre, un día, que lleva años utilizándolas.
No recuerdo cuándo apareció ésta en mi vida. Tampoco quién me la enseñó, si es que alguien lo hizo. Sólo sé que, desde hace mucho tiempo, cada vez que observo una familia, una empresa, una asociación, un equipo de trabajo o cualquier grupo de personas intentando alcanzar un objetivo común, sucede algo curioso: durante unos instantes dejo de ver personas. Empiezo a ver un carruaje.
Durante muchos años pensé que aquello no era más que una rareza personal, una de esas costumbres silenciosas que uno nunca explica porque ni siquiera sabe de dónde han salido. Con el tiempo comprendí que no era una ocurrencia, sino una forma de mirar y, sobre todo, una manera distinta de hacerme preguntas. Mientras casi todo el mundo discutía sobre quién tenía razón, quién mandaba más, quién trabajaba menos o quién era el culpable de que las cosas no funcionaran, aquel viejo carruaje me obligaba a dirigir la mirada hacia otro lugar. Sin darme cuenta, llevaba años observando funciones. Y eso cambiaba casi todo.
No utilizo esa imagen para clasificar a las personas. De hecho, si algo he aprendido con los años es que ése sería el peor uso posible de esta herramienta. No existen personas que sean «el conductor», «los caballos» o «las ruedas». Las personas cambian, crecen, aprenden, se equivocan, asumen responsabilidades nuevas o dejan otras atrás.
Lo que permanece no son las personas.
Son las funciones.
Y cuando dejamos de mirar las funciones para empezar a juzgar a las personas, el carruaje empieza a romperse aunque nadie lo advierta.
Ahí empezó el juego.
Cada vez que llegaba a un grupo humano, en lugar de preguntarme quién era quién, comenzaba a hacerme preguntas mucho más sencillas.
¿Quién está marcando realmente la dirección?
¿Quién aporta la fuerza que hace avanzar al conjunto?
¿Quién mantiene unida la estructura cuando aparecen las primeras tensiones?
¿Quién está pendiente del camino mientras los demás miran hacia otro lado?
Y, sobre todo…
¿Qué intenta transportar realmente este carruaje?
Porque un carruaje no existe para lucirse. Existe para llevar algo valioso de un lugar a otro. Y lo sorprendente es que, cuando uno empieza a mirar así, deja de buscar protagonistas para empezar a descubrir relaciones. Muchas situaciones que parecían incomprensibles comienzan entonces a tener sentido.
Con el tiempo terminé imaginando siempre el mismo carruaje. Delante, alguien sostiene las riendas. No porque sea mejor que los demás, sino porque, en ese momento, le corresponde decidir hacia dónde avanzar. A su lado viaja casi siempre otra persona. No conduce mientras todo funciona; observa el camino, cuestiona las decisiones cuando es necesario y está preparada para tomar las riendas si las circunstancias cambian.
Delante tiran los caballos. Son la fuerza visible. Sin ellos no hay movimiento, por brillante que sea quien sostiene las riendas. Las ruedas soportan el peso, absorben los golpes del camino y convierten el esfuerzo en avance. La caja mantiene unida toda la estructura. Apenas llama la atención, pero basta con que se resquebraje para que el conjunto empiece a deshacerse.
Y detrás de todo eso viaja la carga.
La única razón del viaje.
Porque un carruaje puede ser hermoso, estar perfectamente construido y contar con los mejores caballos. Pero basta con olvidar qué transporta para que el viaje deje de tener sentido.
Fue entonces cuando comprendí algo que nunca había buscado.
Ninguna de esas funciones tiene valor por sí sola. Su importancia depende siempre de las demás. Un conductor excepcional sirve de poco sin quien aporte la fuerza. La fuerza termina agotándose si nadie marca el rumbo. Una estructura impecable no compensa una carga vacía. Y el mejor relevo posible nunca aparecerá si nadie ha pensado que, algún día, el conductor también puede cansarse.
Desde entonces, casi sin darme cuenta, este pequeño juego me ha acompañado durante años. Lo he utilizado observando equipos que funcionaban como un reloj y otros que parecían condenados al conflicto permanente. Lo he visto repetirse en familias, empresas, asociaciones e instituciones. También, cómo no, en mi propia vida.
Y cada vez estoy más convencido de que muchos conflictos comienzan el día en que dejamos de mirar las funciones para empezar a señalar a las personas. Buscamos culpables cuando quizá deberíamos buscar desequilibrios. Discutimos sobre quién falla cuando la pregunta verdaderamente útil podría ser otra.
Todo carruaje empieza a romperse el día en que dejamos de mirar las funciones para empezar a juzgar a las personas.
La respuesta, a veces, resulta sorprendente. Basta con que una sola función desaparezca para que todo el conjunto empiece a resentirse. No hace falta que exista incompetencia ni mala intención. A veces, simplemente, el sistema ha dejado un espacio vacío que nadie ha visto… o que nadie ha sabido ocupar.
Por eso hoy no quiero pedirte que estés de acuerdo conmigo. Ni siquiera que adoptes esta forma de mirar. Sólo quiero proponerte un experimento.
Durante los próximos días, cuando observes cualquier grupo humano del que formes parte —tu familia, tu trabajo, tu comunidad de vecinos, tu equipo deportivo o tu grupo de amigos— haz un pequeño esfuerzo. Olvídate por un momento de los nombres. Olvídate incluso de los cargos. Pregúntate únicamente qué funciones están presentes, cuáles faltan y cuáles, quizá, están siendo desempeñadas por personas que nunca deberían haber tenido que asumirlas.
Tal vez descubras que el grupo sigue siendo exactamente el mismo.
Pero tú ya no lo estarás mirando de la misma manera.










