En el año 1998, la Ciudad de Valencia vivió a lo largo de los meses un acontecimiento extraordinario: la redacción de la Declaración de Responsabilidades y Deberes Humanos, logro que se enmarcaba en el Proyecto Valencia Tercer Milenio-UNESCO, establecido en 1996, y gracias al cual la capital valenciana fue la única del mundo con el refrendo de tal institución para celebrar la llegada del tercer milenio. El documento, que se elaboró a lo largo de tres congresos, con figuras internacionales de primer nivel, entre las cuales varios premios nobel, se presentó con posterioridad ante la UNESCO y la ONU.
Ahora bien, ese documento de gran impacto, esa Declaración que, leída un cuarto de siglo después, sorprende por su contemporaneidad y su visión, no surgió de la nada, ni tampoco de manera caprichosa. No fue una cita improvisada ni un objetivo casual. Muchos asuntos necesitaban ser analizados, muchas vetas se ofrecían a la vista con posibilidad de ser seguidas, y el mundo se enfrentaba a innumerables desafíos en las postrimerías del siglo XX. Por ello, con el fin de establecer unas bases firmes a partir de las cuales trabajar, se organizó un primer congreso: “Los retos del tercer milenio”, cuyo desarrollo tuvo lugar en el Palau de la Música de Valencia del 23 al 25 de enero de 1997, y del cual emanó la Declaración de Valencia sobre los desafíos del Tercer Milenio.
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Los trabajos de aquellas reuniones estuvieron presididos por el actor inglés Peter Ustinov, en ese momento embajador de la UNESCO y embajador de buena voluntad de UNICEF.
Dirigía las reuniones internas e intervenía en las mesas redondas abiertas al público, en actos llenos hasta la bandera, con repercusión en medios escritos y audiovisuales de Europa, y con la conciencia de que aquel congreso a comienzos de 1997 no era humo de paja, sino la apertura de una actividad que colocaría a la Ciudad de Valencia en el centro del mundo intelectual. Porque ese era el objetivo y también la sensación: conseguir una Valencia de triunfos.
A título personal, para mí, que participé en primera línea en aquel proyecto, estar al lado de Edward Seaga, ex primer ministro de Jamaica, uno de los dos líderes con los que Bob Marley se había dado la mano en un concierto en Kingston para buscar la paz entre los bandos en conflicto; felicitar a Giorgos Vassiliou, expresidente de Chipre, aprovechando una subida en ascensor, por una intervención maravillosa; conversar en el autobús con Lawrence Harrison, profesor estadounidense en la Universidad de Harvard y en el MIT; hablar brevemente con el teólogo Hans Küng, un mito para mí desde la adolescencia; dar la mano al filósofo Karl-Otto Apel… Vivir esto con 26 años fue un privilegio inolvidable.
Pero dejo este aspecto tan sentimental e íntimo, y mencionaré brevemente tres puntos que aquellos políticos e intelectuales, procedentes de países tan diversos como Corea del Sur, la India, Ecuador o Ghana, supieron identificar perfectamente y que, por desgracia, no han mejorado, sino que se han estancado aún más.
El primero era la constatación de un declive en las prácticas democráticas. Reclamaban una mayor participación, es decir, instaurar democracias de veras participativas, en las cuales la ciudadanía tuviera voz y opinión reales, en lugar de depositar un papelito en una urna cada cuatro años para abrir paso a una especie de dictadura temporal controlada.
Un segundo concepto que reclamaban era el de educación para toda la vida y, además, global. Alejarse de la idea clásica de educación para centrarse en el hecho de que el ser humano puede adquirir nuevos conocimientos en cualquier momento de su vida, y que, además de estos conocimientos, también se debía potenciar, para aquellas personas iletradas, el aprendizaje de una mejor calidad de vida.
Un tercer y último aspecto era la necesidad de recurrir a la sociedad civil como actor principal en el mundo del siglo XXI. En un planeta global, las respuestas debían ser globales, por encima de individualismos o de instituciones públicas o privadas. De cada mujer y cada hombre se había de oír su voz, y por encima de ello escucharla.
Los redactores de la Declaración de Valencia sobre los desafíos del Tercer Milenio finalizaban el documento aludiendo a la necesidad de llegar a una Pax Planetaria, y que los derechos humanos se vieran equilibrados con una serie de deberes, que serían de los individuos y de las naciones.
Y he aquí el punto de partida de la Declaración de Responsabilidades y Deberes Humanos que en 1998 se pondría al alcance del mundo entero.
Aquella primera fue la piedra angular de un edificio que, trabajando en diversos ámbitos y realizando encuentros internacionales de primer nivel (arquitectura, problemas del agua, medios audiovisuales, sacralidad…), situó a la Ciudad de Valencia, entre 1997 y 2003, en un lugar donde cualquier cosa buena podía ser posible.
Es de justicia recordar continuamente aquel momento, para ser conscientes de que la Ciudad de Valencia podía ser mucho más que el simple destino de sol y playa en que la han convertido.












