22 de febrero. Casi un mes para el 19 de marzo. Y Valencia ya empieza a funcionar a medio gas.
Cortes de tráfico, primera mascletà, actos paralelos —incluida una caravana de Vespas que alguien decidió elevar a categoría de “acto plenamente valenciano”— y la sensación, cada vez más extendida, de que la ciudad entra en modo intermitente mucho antes de que el calendario lo marque oficialmente.
Intermitente el tráfico. Intermitente el descanso. Intermitente la movilidad.
No así los impuestos ni la ORA, que siguen funcionando con puntualidad suiza.
Conviene dejar algo cristalino desde el principio: la tradición no está en cuestión.
Las Fallas de Valencia son arte efímero, barroquismo popular, sátira inteligente, pasión colectiva. Son el espíritu de un pueblo que crea para quemar y quema para volver a crear. Son historia, identidad, transmisión generacional.
Son la ofrenda emocionada a la Virgen de los Desamparados, nuestra “cheperudeta”, centro espiritual de una ciudad que, más allá del ruido, conserva un fondo profundamente devocional.
Las Fallas son cultura en estado puro.
El problema no es la fiesta. El problema es su hipertrofia y su gestión.
Porque cuando hablamos de centenares de monumentos, cientos de zonas de fuegos artificiales, 300 carpas, 150 foodtrucks, churrerías móviles y de esquina en número indeterminado, miles de efectivos desplegados y picos históricos cercanos a los dos millones de visitantes según el año, estamos ante una dimensión que exige planificación técnica seria y proporcional.
Y sin embargo, ni siquiera existe información pública desglosada sobre el número exacto de WC portátiles que se instalarán. Un detalle menor, dirán algunos. No lo es cuando las consecuencias se repiten año tras año.
Hay una escena que ya forma parte del paisaje fallero contemporáneo y que nadie quiere verbalizar. Portal cerrado. Entrada de garaje. Parque infantil de madrugada. Siluetas entre coches. Vecinos que bajan temprano, miran al suelo, suspiran y siguen. No hay escándalo. Hay normalización.
Ahí empieza la fatiga ciudadana silenciosa.
No la del que protesta en redes.
La del que paga, calla y limpia.
La del que ama la tradición pero siente que la ciudad deja de pertenecerle durante semanas.
No se trata solo de incivismo individual; es el resultado previsible de un modelo que no dimensiona bien sus propias consecuencias.
Durante años, distintos gobiernos municipales han alimentado una expansión constante. Más actos. Más días. Más impacto. Más visitantes. Nadie quiere ser quien pare la inercia. Y así, el modelo se ha vuelto acumulativo.
Y ese crecimiento sin límite tiene costes, aunque no siempre se quieran contabilizar.
La ciudad compite consigo misma por ser más espectacular y más permanente. Y en esa lógica, el exceso deja de ser estética para convertirse en sistema. Cuando el exceso se institucionaliza, deja de ser barroco y empieza a ser disfuncional.
Las Fallas nacieron del ingenio, del arte, de la sátira inteligente, de la comunidad organizada. No nacieron del descontrol ni de la renuncia a la convivencia. Amar la tradición implica protegerla. Y protegerla exige gobernarla con rigor.
Imaginemos una Valencia futura que haya aprendido de sí misma. Una ciudad que concentre la intensidad donde puede asumirla. Que publique cifras y planes con transparencia. Que refuerce infraestructuras en proporción real al volumen de visitantes. Que entienda que la grandeza no está en el tamaño sino en el equilibrio.
Una Valencia que mantenga la pasión, el arte, el bullicio, la belleza y el fervor intactos, pero que haya decidido no confundir identidad con hipertrofia.
Porque la tradición no necesita crecer sin límite para seguir siendo extraordinaria. Necesita inteligencia proporcional a su magnitud.












