Cualquier actividad profesional genera un trasiego de información de unas personas a otras; vender moda no es una excepción.
Un comportamiento ético, por parte de los profesionales de venta, habla del prestigio personal, pero también del prestigio de tu empresa. Genera confianza de las personas que ejercen un trabajo en representación de una empresa o marca.
Mil veces habré repetido que para vender no hace falta engañar: la honestidad es otro principio ético; si un artículo no te favorece, existen muchas formas de explicar el motivo por el que no es aconsejable esa prenda. No quiero que me mientan, ni por compasión.
Durante una operación de venta, hay momentos de probador, momentos donde se cruza mucha información de todo tipo; está la conversación intrascendente, sobre gustos o hobbies, pero es muy probable que se genere una buena sinergia y se traten temas de todo tipo.
Generar clientes, mantenerlos en el tiempo y que no te abandonen, es una obsesión de cualquier empresa, “fidelizar” es la palabra mágica, lo que va a permitir mantener un negocio en el tiempo, pues no se puede sobrevivir solo con los clientes ocasionales o de paso. Sí es cierto que este paradigma se ha modificado en la moda, con la llegada de los compradores extranjeros. Os sorprendería el número de estos clientes que están manteniendo la venta de muchas firmas, especialmente las de lujo. No obstante, este objetivo de fidelización genera relaciones muy duraderas en el tiempo, y una alta confianza entre cliente y vendedor. Aquí empieza el nivel de profesionalidad que se debe alcanzar, y la ética en el manejo de la información que uno puede recibir.
Mi consejo personal sería mantener una cierta lejanía controlada y no cruzar ciertos límites; es muy probable que se consiga empatizar, y esto conlleve, incluso, invitaciones de cualquier carácter, pero mezclar las churras con las merinas no es buena idea; lo mismo al recibir información sobre su trabajo, de tipo más personal, o incluso trasladar relaciones fuera del entorno profesional, donde el riesgo se eleva considerablemente.
Se podría escribir un libro sobre información recibida, que incluso podría comprometer a una persona; el cliente encuentra un ambiente agradable, con una persona que te escucha y que suele tener un nivel de empatía alto, es un campo de cultivo perfecto para hablar sobre todo tipo de cuestiones. También funciona el ego: ¿puede haber algo que guste más, a cualquier persona, que hablar de uno mismo, teniendo en cuenta que tenemos un interlocutor que raramente va a incomodarte o quitarte la razón, incluso si cree que no la tienes? Pero es un profesional de venta y su interés es comercial, fundamentalmente.
Es probable que la relación profesional, con el tiempo, salte a una relación más personal, pero sigue siendo muy importante no olvidar, por las dos partes, pero especialmente por parte del vendedor, cuál es el motivo fundamental de esa relación, y es vendedor-cliente.
Esta ética te va a garantizar mantener esa relación en el tiempo, sin que el cliente sienta que, debido a esa confianza, se cruzan ciertos límites, cosa que, cuando sucede (lo digo por experiencia), no gusta.
He vivido en mis carnes este tipo de relación, donde el vendedor cruza esa línea, y cómo el cliente, al manifestarse, ha indicado su incomodidad con un profesional. “La confianza es como un papel; una vez arrugado, nunca vuelve a ser el mismo”. Existe la posibilidad de perder clientes potenciales, normalmente buenos clientes, que nos visitan de forma asidua y con los que hemos conseguido ese nivel de confianza.
El cliente, aunque potencia estas relaciones, espera un comportamiento profesional y que la “ética” sea el principio básico de esta relación; sabe perfectamente cuál es el lugar de cada uno, y no va a perdonar que se olvide esta premisa.
Se está avanzando bastante en principios éticos, y las empresas empiezan a dedicar tiempo y medios a la responsabilidad social empresarial, un método para adoptar normas y formar a sus equipos en comportamientos morales que deben regir las conductas de todo tipo en el ámbito laboral.
Sin ética y moralidad, las sociedades no pueden avanzar, se pierde la relación entre individuos y sobre las consecuencias sociales de sus actos (alguien que tenga mano, que comente esto con nuestra clase política) y además añadiría que, profesionalmente, es un suicido comercial.










