Enrique Arias vega: La importancia del público

Nuestras actividades y, sobre todo, nuestros comportamientos son diferentes si tenemos público como si no. Y eso se ha podido apreciar en la reanudación de la Liga de fútbol, pese a los goles, a la música enlatada en unos estadios que parecían gigantescas morgues vacías y a episódicos abrazos de los jugadores como antes del coronavirus.

Necesitamos público. Y no sólo en el fútbol. Y no sólo los futbolistas. También los seguidores de los equipos, que precisan verse acompañados de otros congéneres ante los que expresar sus emociones. Si no, no se entendería a esos aficionados que viajan a países lejanos en medio de una semana para compartir con su equipo un partido de la Copa de Europa, por ejemplo, el cual podrían verlo cómodamente desde el televisor de su casa, sin gastos, incordios y problemas de trabajo.

El fútbol sin espectadores es, pues, como el café liofilizado frente al natural: que tiene un sabor parecido, pero que no es lo mismo que un encuentro ante el público.

El fenómeno, digo, no es exclusivo del deporte, sino de cualquier actividad humana. Y eso se explica, seguramente, por dos rasgos de nuestra especie. De un lado, el exhibicionismo, que nos lleva a manifestar nuestras emociones y a compartirlas, cuanto más mejor, y de otro el gregarismo, que nos impele a sumarnos a los comportamientos colectivos como si en realidad fuesen lo más genuino de nosotros mismos.

Por esas características, insisto, ni es lo mismo el fútbol enlatado que al natural ni con público que sin él. Así, pues, otro de los grandes cambios del coronavirus en nuestras vidas ha sido privarnos del esplendor de sentimientos que antes eran para nosotros tan naturales como el respirar.

A Contracorriente
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