Enrique Arias Vega ”Acoso sexual en la calle”

Acabo de leer una encuesta en la que casi ocho de cada diez chicas jóvenes de Madrid, Barcelona y Sevilla han sufrido acoso sexual callejero, lo cual es una barbaridad.

Al no tratarse propiamente de una agresión, esa conducta no tiene un tratamiento específico y sólo el tres por ciento de las acosadas lo denuncia. Otro dato significativo de la encuesta es que el noventa por ciento de las afectadas no recibe ayuda de los demás viandantes. Esa actitud no es de extrañar, pues la intervención de terceros bienintencionados y no preparados puede agravar las cosas. No hay más que ver el reciente suceso en que un sanitario ha perdido la visión de un ojo por increpar a un adolescente que no llevaba mascarilla en el metro.

La prudencia exige, pues, la denuncia más que la intervención directa. No obstante, es necesaria la mentalización de que tales conductas de acoso sexual constituyen un delito en mayor o menor grado. Históricamente, y en otro contexto cultural, el piropo se consideraba una gracia y una galantería, en vez de un ataque a la libertad y a la dignidad ajenas. Por fin, las cosas ya no son así, lo mismo que las novatadas universitarias, por ejemplo, que ya son penadas, aunque a veces no con el rigor que debieran.

Debemos estar preparados, pues, para oponernos a este tipo de acciones de violencia física o moral contra nuestras jóvenes, desde una planificación urbana que haga más seguros sus itinerarios callejeros, como recomienda la encuesta citada, hasta la mentalización de todo el mundo de que dichas conductas merecen no sólo la repulsa unánime sino la sanción apropiada correspondiente.