Hace unos días, me encontraba participando en una tertulia política televisiva, y a propósito de la barbaridad de la regularización de 500.000 inmigrantes ilegales por parte del gobierno de Pedro Sánchez, el argumento que se le ocurrió al PSOE para defender esta locura fue decir que como ya están dentro de España, hay que regularizarlos.
Con esta “lógica”, como hay robos, robemos.
Así se las gasta la izquierda. Yo entiendo que ante la falta de argumentos sólidos, su conocida demagogia les lleve a decir estas grandes sandeces; también puedo entender que como a Sánchez no le gustan los españoles -y a los españoles tampoco nos gusta Sánchez-, necesita traer extranjeros para que le “deban algo” a cambio de su voto, de manera que pueda eternizarse en el poder, y convertir la Moncloa y la presidencia del gobierno en un búnker impenetrable, a pesar de la corrupción y la mafia que le define.
Lo puedo entender de Pedro Sánchez, lo puedo entender de quien no cree en la democracia, actúa de espaldas al parlamento, desoye las necesidades de los ciudadanos, y se busca aliados en las élites globalistas que quieren desnaturalizarnos y controlarnos, como ovejas sumisas de un rebaño.
Obviamente, que lo entienda no quiere decir en modo alguno que lo justifique y mucho menos que lo aplauda.
Nunca he creído en un PSOE bueno, ni siquiera el de Felipe González, con sus casos de corrupción y la situación de grave crisis económica e institucional a la que llevó a España, pero la actual deriva hace que los peores hagan bueno al malo. Porque la forma de “gobernar” del PSOE, al menos desde el siniestro Zapatero, ha encontrado en Pedro Sánchez el culmen de la miseria moral, social y económica Y como consecuencia, nos ha traído la miseria política. Los españoles estamos desencantados, en una noria de enredos, mentiras y abandono, con un presidente incapaz de mirar a su pueblo.
Cuando se piensa en los sistemas políticos, es evidente que la democracia es el mejor sistema; no perfecto, pero el mejor de todos.
Precisamente, Churchill definía la democracia como “el mejor sistema imperfecto”. Según Aristóteles, la democracia puede desviarse y convertirse en tiranía, en demagogia, en lo que él llamaba “pueblo despótico”. No sería en realidad, el pueblo, sino una mayoría conformada sobre unos parámetros de ilegitimidad, como son en el caso español, la constitución de una mayoría falseada que cuenta con enemigos de la democracia, la nación y la paz. Se trata de una mayoría obtenida bajo chantaje, coacción y amenaza: los separatistas, los amigos del terrorismo, los corruptos, y los trasnochados comunistas.
Y esa falsa democracia ha traído desde hastío hasta cabreo, y lo que puede llegar a ser más grave para la estabilidad democrática: desafección.
Todo lo anterior me preocupa, y me preocupa mucho. Pero la desafección sobre el sistema, sobre los políticos, sobre la política en general, no sólo me preocupa, sino que da mucho miedo. Porque en comparación con las fases por las que pasa una persona ante una desgracia (negación, ira, negociación, depresión, aceptación), también en la cosa pública pueden concurrir varias fases que nos dirijan al abismo: incredulidad, enfado y cansancio, acabando bien con la resignación, bien con la reacción.
Estoy convencido de que la resignación (que no aceptación) es terrible.
Si se cae en ella “ya no hay nada que hacer”, no hay solución. Por el contrario, creo que la reacción es positiva, es sana: construye. La resignación es lo más parecido a la desafección política, en esa idea tan devastadora de que “no hay nada que hacer porque todos los políticos son iguales”; o, “para qué votar, si todos hacen lo mismo”.
Esto es lo que me da miedo, porque si esta sensación cala en la sociedad, realmente no tenemos presente, ni podremos luchar por un futuro.
Por eso afirmo, no sé si suficientemente alto, pero sí al menos muy claro: ¡No es verdad que todos los políticos son iguales! ¡No es verdad que la demagogia, la corrupción y la mentira esté instalada en toda la política! ¡No es cierto que no haya nada que hacer, o que dé igual que gobiernen unos u otros! ¡Y tampoco es verdad que la política sea mala por definición!
Generalizar, exculpa y favorece al corrupto y sanciona a quien no lo es.
La política es algo elevado, casi trascendente, pero además es necesaria, porque en palabras de Aristóteles, la política es “una forma de mantener a la sociedad ordenada con normas y reglas”, o lo que es lo mismo, la confluencia de un gobierno, un pueblo, un territorio y una regulación con base en un estado de derecho que lo legitima y que basa su organización en la división de poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial).
Por eso no podemos caer en la desesperanza, no debemos dejarnos arrastrar a la desafección; tenemos que luchar por recuperar una política real, efectiva, dirigida al bien común, a la razón, y cuyo único fin sea el bienestar y el progreso de todos los ciudadanos. Por eso creo en VOX; por eso vine a VOX; por eso hago política, con toda modestia, con VOX.
Y es por ello que prefiero la rebeldía, y mucho más la reacción, e incluso la revolución bien entendida.
Es más necesario que nunca, en España, tras estos 50 años de democracia (al menos formal), que mantengamos una actitud positiva, proactiva; y es más necesario que nunca que levantemos la voz, y luchemos por una política que defienda de forma veraz, cabal, sin ambages, la libertad individual, que trae consigo la libertad colectiva.
Hoy, en España, desde el gobierno socialista, se quiere anular la opinión, la discrepancia y, si cabe, el pensamiento.
Pedro Sánchez quiere que se prohíba el acceso a las redes sociales a nuestros jóvenes. Eso no es protección; es censura. La libertad de expresión es esencial para una sociedad sana, viva, y próspera. Decía Stuart Mill que “si toda la humanidad, menos una persona, fuera de la misma opinión, y esa persona fuera de opinión contraria, la humanidad no tendría más derecho a silenciar a esa persona que la que ésta tendría a silenciar a la humanidad”.
Porque la libertad no va sólo de mayorías, sino de personas; la libertad no va de pensamientos únicos e impuestos, sino de diversidad de opiniones; y la libertad no va de dictadores que manipulan la democracia, sino de una democracia que elige a sus defensores, a sus servidores.
El político no tiene un crédito a su favor; tiene una deuda con la democracia, con la libertad, con los ciudadanos que le han impuesto un mandato. Y ese mandato se cumple, Sr. Sánchez. ¡Vaya si se cumple!












