– Si uno se da un paseo por su interior, percibe que existen mesas de pícnic aquí y allá, pero las que se hallan frente a las viviendas son más amplias y parece ser que más agradables.
Algunas celebraciones suceden de modo más o menos civilizado, pero, en muchas otras, cogen sus amplificadores, los ponen a todo volumen y se pasan varias horas con reguetón o boleros ante las quejas de los vecinos y, lo más importante, la indignante inacción de la policía.
Porque de nada sirve que, desesperados, los habitantes de la zona llamen a la policía local, cuya central se encuentra a apenas cincuenta metros, y donde se supone que ha de estar también el jefe de la guardia. La única respuesta que los afectados reciben es que pasan el aviso… Y ahí termina todo: después, ni patrullas, ni apercibimientos, ni nada de nada, solo la música por imposición.
Este hecho no ha parado ni después de la reapertura del parque del Oeste tras la catástrofe ocurrida con la DANA.
Mientras la ciudad sigue en silencio, las fallas cancelan sus actividades, el mismo Ayuntamiento suspende su programación cultural al aire libre, y al otro lado del nuevo cauce del Turia los afectados siguen sin poder volver a sus casas, los jóvenes limpian barro, y decenas de miles de valencianos lloran sus pérdidas, en la avenida del Cid las personas mayores, o cualquiera que quiera disfrutar del descanso del fin de semana, tienen que sufrir horas seguidas de música estridente, orines en vía pública, faltas de respeto y la inacción de quienes deberían velar por el bienestar de los valencianos.
Pero si las dramáticas circunstancias que vive Valencia hace más sangrante estas fiestas, no es menos insufrible que sean habituales.
Este hecho, evidentemente, no tiene otros responsables que la dejación o el desinterés por los valencianos por parte de la alcaldesa, María José Catalá, y especialmente de Jesús Carbonell, concejal de Movilidad y Policía Local, que, en una tradición que da la impresión que se pasa de edil en edil, se ponen al lado de quienes vulneran la convivencia y transforman el Cap i Casal en invivible (la tolerancia con patinetes y bicicletas por las aceras, y la infame gestión de la EMT, como emblema de su gestión). Y mano a mano con los responsables políticos están, por supuesto, los mandos de la policía local, por permitir que grupos de gente organicen sistemáticamente fiestas en parques públicos sin ninguna autorización, vulnerando varias ordenanzas municipales, y con absoluto desprecio a los vecinos. ¿Es esta la Valencia del siglo XXI que prometía la alcaldesa?














