Los adolescentes no han cambiado, pero el contexto en el que crecen sí. Su identidad, su autoestima y su necesidad de pertenencia ya no se construyen solo en la familia, la escuela o el grupo de iguales, sino también en un entorno digital permanente, medido en likes, comentarios, seguidores, filtros, algoritmos e inteligencia artificial.
Esta ha sido una de las principales conclusiones del seminario “Aprende de los mejores: Cuando la identidad se convierte en conflicto: claves para intervenir en adolescencia”, organizada por el Instituto Superior de Estudios Psicológicos (ISEP) en Madrid, que ha sido inaugurado por Raquel Valverde, directora general de ISEP y ha reunido a psicólogos expertos en infancia, adolescencia, neuropsicología, trauma, redes sociales y acoso escolar para abordar los nuevos retos de la salud mental infantojuvenil.
Radiografía de la salud mental infantojuvenil
La dimensión del problema aparece reflejada en el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025 del Centro Reina Sofía de Fad Juventud, la salud mental y el bienestar emocional de adolescentes y jóvenes ocupan ya un lugar central en el debate social. El informe advierte de que, aunque algunos indicadores generales de salud han mejorado, persisten malestares especialmente relevantes en estas edades: el 54,7% de los jóvenes de 15 a 29 años afirma haber tenido problemas psicológicos, psiquiátricos o de salud mental en el último año, y síntomas como la ansiedad, el cansancio, la falta de energía, la apatía o la soledad no deseada siguen muy presentes.
Una identidad construida bajo exposición permanente
Durante la ponencia principal, Silvia Álava, doctora en Psicología Clínica y de la Salud, ha explicado que “el cerebro del adolescente no ha cambiado; lo que ha cambiado es el entorno en el que se desarrolla”. La experta advirtió que la identidad adolescente ha pasado de construirse en espacios relativamente privados a hacerlo en público y con métricas visibles. “La validación social, en forma de likes, comentarios o seguidores, influye directamente en el comportamiento de los adolescentes y puede condicionar su autoestima”, ha explicado.
Filtros, cosmética e IA: nuevos factores de presión
La presión estética aparece cada vez antes. Según los datos expuestos por Álava, el 35% de las niñas entre 9 y 12 años en España utiliza cosmética y el 70% de los menores de 12 años ya usa maquillaje. A ello se suma la presión de los filtros, que modifican la estructura facial en una edad de cambios físicos. La jornada también abordó el impacto de la inteligencia artificial. Según un estudio citado, un tercio de los adolescentes pregunta a la IA por cuestiones personales. Para Álava, este dato obliga a reforzar el papel de los adultos de referencia: el proceso de autoconocimiento no puede delegarse en una herramienta tecnológica.
Redes sociales, cerebro adolescente y vínculos frágiles
La dimensión relacional del problema fue abordada por Luis Torres Cardona, psicólogo sanitario, en su ponencia “Del espejo al algoritmo: construcción del yo en redes sociales”. Torres explicó que las redes sociales se han convertido en un espacio central de socialización adolescente. Por su parte, Natalia Ortega de Pablo explicó que la adolescencia es una etapa especialmente sensible porque conviven una alta intensidad emocional, una fuerte necesidad de pertenencia y una corteza prefrontal todavía en desarrollo.
Acoso escolar: cuando la identidad se convierte en diana
El acoso escolar y la exclusión identitaria fueron abordados por Andrés Bellido, catedrático de Educación. Bellido situó el foco en el entorno escolar, donde la identidad puede convertirse en motivo de aceptación, rechazo o ataque. Según un informe de UNICEF España, la victimización escolar se sitúa en el 25%, con mayores tasas en la ESO, donde alcanza el 27,2%. En el entorno digital, la cibervictimización incluye insultos, hostigamiento o difusión de rumores.
La respuesta de la psicología: prevenir y acompañar
La jornada finalizó con una mesa redonda moderada por Timanfaya Hernández Martínez, decana-presidenta del Colegio Oficial de la Psicología de Madrid. La conclusión compartida fue clara: el reto no consiste en negar la realidad digital, sino en dotar a adolescentes, familias y centros educativos de herramientas para comprenderla, regularla y convertirla en un entorno menos dañino.













