“Mi primer contacto con el alcohol fue cuando tenía unos doce, trece años. Fue en un botellón de cervezas con amigos”, reconoce Luis Alonso. Desde entonces han pasado diez años y el joven, que ahora tiene 22, comprende que esta sustancia “es más perjudicial que otra cosa”. Saber sus efectos no significa, sin embargo, que vaya a dejar de consumir, pues “es la norma”.
Conforme a la última encuesta del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones, casi el 85% de los estudiantes de entre 14 y 18 años admiten haber consumido bebidas alcohólicas alguna vez en su vida. De hecho, el inicio en el consumo de alcohol suele darse a edades tan tempranas como los 13,9 años, y la primera borrachera se registra a los 14,5, según evidencia el mismo estudio.
Por sorprendente que pueda parecer, la historia de Luis es una realidad compartida por muchos adolescentes españoles. En esta etapa de la vida, donde lo único que uno quiere es integrarse y pertenecer a un grupo, prácticas como el botellón se han convertido en una forma habitual de socialización, encuentro y diversión. Se trata de encuentros nocturnos y generalmente ruidosos donde se consumen altas cantidades de alcohol. Sus efectos negativos siguen presentes, aunque queden eclipsados por la euforia del momento.
Estas reuniones se caracterizan por el consumo intensivo o binge drinking, que consiste en ingerir grandes cantidades de alcohol en un corto período de tiempo. Todo esto ocurre en una etapa de la vida en la que las consecuencias, aunque a menudo pasen desapercibidas, son significativamente más graves: la adolescencia. Según explica Luis Miguel García Moreno, neuropsicólogo e investigador en proyectos sobre el consumo de alcohol en jóvenes, no se trata de un consumo recreativo, sino que “se consume una alta cantidad en un tiempo determinado para alcanzar un cierto grado de embriaguez, que luego les permita continuar con la fiesta”.
Como destaca Xavier Ponse Diez en su artículo Aproximación psicosocial al consumo de alcohol en la adolescencia (2016), el consumo no depende de los conocimientos que se tengan sobre esta sustancia, ya que muchos adolescentes los poseen, sino de lo que cada uno «siente» respecto a ella. Esta afirmación la respalda Martín Cervera, un joven de 22 años, quien siempre ha percibido el alcohol como «una forma de desinhibirse, disfrutar más y no pensar tanto en el día a día». Sin embargo, también es consciente de que su consumo puede derivar en una pérdida de control sobre los actos, lo que a menudo lleva a hacer cosas «de las que luego no te sientes orgulloso».

La cultura del alcohol
En esta línea, Begoña Espejo Tort, profesora titular de la Facultad de Psicología de la Universitat de València y especialista en el estudio del consumo de alcohol en adolescentes, destaca que “lo más importante del mundo para un adolescente es otro adolescente”. Este factor, combinado con una baja autoestima que facilita ceder a la presión del grupo, y la falta de asertividad —es decir, la capacidad de decir ‘no’—, incrementa la vulnerabilidad de los jóvenes frente al consumo de alcohol.
Aunque las circunstancias mencionadas anteriormente son importantes, no son las que más influyen. La raíz del problema se encuentra en la sociedad misma. Según Espejo, “la cultura en la que vivimos es una cultura de consumo de alcohol, que hace que sea visto como algo positivo y que además socializa, tanto en personas adolescentes como adultas”. La experta resalta el papel crucial de los padres, pues hay un fuerte componente de imitación en el consumo de alcohol. “Hacemos lo que vemos en casa. Y si en casa es normal tomar una copa el fin de semana o eventos especiales, lo acabas asociando a momentos positivos”, explica.
La interacción de estos elementos lleva a que los jóvenes consuman grandes cantidades de alcohol, lo que, en edades tempranas, puede causar daños irreparables. El neuropsicólogo García Moreno advierte que “cuanto mayor es el grado de inmadurez, más vulnerable es el cerebro” y señala cómo esta sustancia altera la actividad cerebral. “Esto puede generar problemas de desinhibición, lo que incrementa la probabilidad de tomar decisiones erróneas y de involucrarse en conductas de riesgo, como participar en peleas o conducir bajo los efectos del alcohol”, aclara.
“Cuanto mayor es el grado de inmadurez, más vulnerable es el cerebro”, Luis García Moreno
Pero más allá de los actos impulsivos que pueden ocurrir bajo los efectos de esta sustancia, el alcohol tiene efectos en el cerebro que resultan irremediables. Si el cerebro aún está en desarrollo, prácticas como el consumo intensivo provocan alteraciones que los jóvenes cargarán durante toda su vida. Se han encontrado diferencias significativas entre los adolescentes que consumen alcohol de forma intensiva y aquellos que no lo hacen. Como explica María Pascual Mora, profesora titular del área de Fisiología en la Universitat de València y miembro del grupo de investigación Psicobiología de las Drogodependencias, “estas diferencias se observan principalmente en el área prefrontal del cerebro, que es la última en madurar y es responsable de procesos como la memoria y el aprendizaje”, destaca.

Otro riesgo asociado al consumo temprano de alcohol es el desarrollo de tolerancia a esta sustancia. Según Begoña Espejo, experta en el consumo de alcohol en la adolescencia, “el cuerpo genera receptores para el alcohol, pero llega un momento en que, al haber más receptores, es necesario consumir mayor cantidad para alcanzar el mismo efecto, como alcanzar ‘el puntillo’”.
Esto significa que, con el tiempo, la cantidad de alcohol requerida para lograr el mismo estado aumenta, lo que, en la adultez, puede desembocar en problemas de abuso o dependencia del alcohol. En este sentido, María Pascual, experta en drogodependencias, subraya la relevancia del entorno: “Las compañías, junto con la situación personal y familiar de cada individuo, desempeñan un papel clave en determinar si una persona desarrollará alcoholismo en la etapa adulta”.
En cuanto a las diferencias de género el Ministerio de Sanidad señala que, aunque los chicos consumen mayor cantidad de alcohol, el número de chicas que se emborrachan supera al de ellos. Las motivaciones para beber también varían: mientras que en ambos casos la diversión es el principal motivo, las chicas tienden a consumir más cuando se sienten deprimidas. En cambio, los chicos utilizan el alcohol principalmente como un recurso para ligar, según la última Encuesta sobre Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias en España (ESTUDES).
En los últimos años, se ha observado que las jóvenes tienden a consumir cantidades de alcohol similares o incluso superiores a las de los chicos, según señala la especialista en consumo de alcohol en adolescentes, Begoña Espejo Tort. Una de las posibles razones detrás de este comportamiento radica en los roles de género. Según Espejo, “muchas adolescentes beben porque están buscando un espacio de igualdad y de libertad. Perciben la desigualdad e intentan compensarla mediante el consumo de alcohol”.
“Muchas adolescentes beben porque están buscando un espacio de igualdad y libertad”, Begoña Espejo
Sin embargo, a ellas les afecta más que a ellos. Tal y como explica la fisióloga María Pascual, “las mujeres son más vulnerables a los efectos del alcohol a una misma dosis de alcohol. En todo eso interviene el volumen corporal que tenemos, la diferencia entre la grasa corporal y las hormonas”.
La prevención es clave
El consumo de alcohol por parte de los jóvenes despierta también la preocupación de los padres. Rommy Ortíz, madre de tres, tiene dificultades para abordar el tema con ellos: “siento que nuestros consejos de padres muchas veces les parecen fuera de lugar o de época. Parece que el entorno cercano tiene más peso que nuestros consejos directos”, confiesa.
Muchos de los daños, tanto cognitivos como físicos, derivados del consumo excesivo de alcohol pueden prevenirse mediante la educación. Rommy coincide en que es fundamental “informar más sobre los efectos negativos del alcohol y fomentar en la conciencia colectiva que es posible divertirse sin alterar el estado de conciencia”.

En este sentido, la experta en drogodependencias María Pascual Mora sostiene que prohibir a los hijos salir de fiesta o consumir alcohol terminará siendo ineficaz. Para ella, la solución más efectiva es educar en un consumo responsable: “No puedes decirle a tu hijo que no salga de fiesta, pero sí puedes aconsejarle que beba de forma más pausada, evitando las altas cantidades”. Esta perspectiva coincide con la idea de Rommy, quien destaca la importancia de enseñar sobre los daños del alcohol y promover la diversión sin alterar el estado de conciencia.
Por su parte, el neuropsicólogo García Monero opta por la prevención personalizada: “hay que identificar en edades tempranas, entre los 10 y los 13 años, aquellos sujetos que pueden ser más vulnerables y tratar de trabajar con ellos, evitando por todos los medios crear etiquetas”. Está forma de prevención sería más eficiente, ya que “las campañas generalizadas está claro que no funcionan”.
El consumo de alcohol no es, sin embargo, algo exclusivo de la juventud, sino que está profundamente arraigado y normalizado dentro de nuestra sociedad. Si entendemos el alcohol como un problema culturalmente integrado, encontrar una solución se convierte en un desafío aún mayor. Esto implica que no estamos hablando de casos aislados, sino de una normalización diaria que impide percibirlo como una amenaza para la salud.
Cambiar este paradigma requiere transformar la cultura misma. ¿Cómo se cambia la cultura? Begoña Espejo lo tiene claro: “Con muchos años de trabajo y con el esfuerzo de muchos gobiernos, independientemente de su color, que hagan posible que en la siguiente generación, a lo mejor, se puedan ver cambios.”











