Cada septiembre, las ciudades europeas se llenan de mensajes que invitan a caminar, utilizar la bicicleta, apostar por el transporte público y dejar el coche aparcado.
La Semana Europea de la Movilidad vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que, en realidad, debería formar parte de la conversación durante todo el año: ¿cómo queremos desplazarnos por nuestras ciudades?
La respuesta parece sencilla. Queremos ciudades más limpias, más silenciosas, más accesibles y con menos tráfico. Sin embargo, convertir ese deseo en una realidad resulta bastante más complicado. No basta con organizar actividades durante una semana o cerrar una calle al tráfico para que una ciudad sea más sostenible. La movilidad no se cambia con campañas puntuales, sino con alternativas que permitan a los ciudadanos modificar sus hábitos sin que desplazarse se convierta en un problema.
El coche no es el único problema
Hablar de movilidad sostenible suele llevar rápidamente a señalar al coche como el principal responsable de los problemas de tráfico, contaminación y ocupación del espacio público. Es cierto que el vehículo privado tiene un peso importante en estas cuestiones, pero reducir el debate a esta idea sería demasiado sencillo.
Hay personas que necesitan utilizar el coche. Trabajadores que se desplazan a polígonos industriales, familias que viven en municipios sin una conexión adecuada de transporte público, personas con movilidad reducida o ciudadanos que tienen horarios incompatibles con las frecuencias disponibles. Para ellos, decir simplemente que deben dejar el coche en casa no constituye una solución.
Por eso, la verdadera cuestión no debería ser únicamente cómo conseguir que menos personas utilicen el coche, sino cómo conseguir que existan alternativas suficientemente cómodas, rápidas y fiables para que utilizarlo deje de ser la única opción para muchos desplazamientos.
El transporte público debe convencer
En una ciudad como Valencia, el transporte público tiene un papel fundamental. Metro, tranvía, autobús y bicicleta pueden formar parte de una red que permita desplazarse sin depender constantemente del vehículo privado. Pero para que esa red funcione, no basta con que exista.
El usuario necesita saber que el autobús llegará a una hora razonable, que podrá realizar un transbordo sin esperar demasiado o que el servicio será suficientemente frecuente durante las horas de mayor demanda. También necesita que las conexiones con los municipios del área metropolitana sean eficaces.
La movilidad no entiende de límites administrativos. Una persona puede vivir en un municipio, trabajar en otro y estudiar en un tercero. Por eso, planificar cada municipio de manera aislada puede generar soluciones parciales que no responden a la realidad de quienes utilizan diariamente el área metropolitana.
Caminar también es movilidad
A veces hablamos de movilidad sostenible como si todo dependiera del transporte público o de la bicicleta. Pero, existe una alternativa mucho más sencilla: caminar.
Una ciudad que permite realizar a pie buena parte de los desplazamientos cotidianos es una ciudad que pone a las personas en el centro. Para ello hacen falta aceras accesibles, cruces seguros, sombra, zonas de descanso y espacios públicos que permitan caminar sin obstáculos.
En este punto, la movilidad también está relacionada con la edad. Una ciudad pensada únicamente para adultos jóvenes y personas sin problemas de movilidad deja fuera a una parte importante de la población. Niños, mayores y personas con discapacidad deben poder desplazarse con autonomía y seguridad.
La bicicleta no puede ser una cuestión estética
La bicicleta ha ganado presencia en las ciudades y Valencia es un buen ejemplo de ello. Sin embargo, fomentar su uso no consiste simplemente en pintar carriles sobre el asfalto.
Hace falta una red coherente, conectada y segura. El usuario debe poder desplazarse desde su barrio hasta su destino sin encontrarse continuamente con tramos inconexos o situaciones que le obliguen a compartir espacios poco adecuados con otros vehículos.
Además, bicicleta y transporte público no deberían entenderse como alternativas enfrentadas. Pueden complementarse. Una persona puede utilizar la bicicleta para llegar hasta una estación y continuar su trayecto en metro o autobús. La movilidad del futuro probablemente tendrá menos que ver con elegir un único medio de transporte y más con combinar diferentes opciones.
Una semana para recordar lo que debería ocurrir todo el año
La Semana Europea de la Movilidad tiene sentido si sirve para abrir este debate. Pero su verdadera utilidad comienza cuando termina el calendario de actividades.
Una ciudad sostenible se construye cuando una persona puede decidir ir andando porque las calles son cómodas y seguras, cuando puede coger el autobús porque sabe que llegará a tiempo, cuando puede utilizar la bicicleta porque existe una infraestructura adecuada o cuando puede dejar el coche en casa porque dispone de alternativas reales.
La movilidad, en definitiva, no debería plantearse como una batalla entre conductores, ciclistas, peatones y usuarios del transporte público. Todos forman parte de la misma ciudad y todos necesitan desplazarse.
Quizá ese sea el principal mensaje que debería dejarnos esta semana: no se trata de demonizar una forma de transporte, sino de construir una ciudad en la que nadie dependa obligatoriamente de una sola.
Porque la movilidad sostenible consiste en diseñar ciudades en las que movernos sea más fácil, más seguro y más compatible con la calidad de vida de quienes las habitan.








