Nos han golpeado tanto que ya no distinguimos el ruido del silencio.
Golpes políticos, mediáticos, emocionales. Golpes envueltos en ocio, en consignas repetidas, en pantallas encendidas hasta el agotamiento. Mientras unos saquean sin pudor, otros relativizan el robo como si fuera una anécdota administrativa. Y en medio, una sociedad partida: una mitad noqueada; la otra, justificándolo todo para no despertar.
La corrupción no solo vacía las arcas; vacía el alma colectiva. Y en ese vaciamiento han trabajado con precisión quirúrgica los políticos y sus satélites, sí, pero también unos medios de comunicación que hace tiempo asumieron un axioma peligroso: lo habitual no vende, lo sencillo no interesa, lo cotidiano no merece relato. Solo lo excepcional —lo escandaloso, lo estridente, lo grotesco— merece atención.
Y así, sin darnos cuenta, cometimos un error profundo: dejamos de mirar lo verdaderamente extraordinario.
Porque lo excepcional no es el sobresalto permanente.
Lo excepcional es saludar sin necesidad.
Desear un buen día sin cálculo.
Compartir una comida sencilla sin exhibirla.
Detenerse un instante a ver salir el sol o a dejar que la lluvia limpie, con paciencia, lo que nosotros no sabemos limpiar.
Lo excepcional es un padre que se levanta temprano, prepara un desayuno improvisado y lleva a sus hijos al colegio.
No hay épica ahí, dirán. Y, sin embargo, probablemente, no haya nada más importante que ese gesto en todo su día.
Lo excepcional es una caricia que no pide nada.
Una presencia que no reclama protagonismo.
Un silencio compartido que no incomoda.
Pero eso no abre informativos.
No genera tertulia.
No divide en bandos.
Y por eso lo hemos expulsado del centro de nuestras vidas. Nos prometieron libertad y nos entregaron soledad administrada.
Nos hablaron —con razón— de derechos, pero olvidaron algo elemental: sin cuidado, sin afecto, sin amor cotidiano, no hay convivencia posible.
Hemos cambiado la pareja por una suma de individualidades reivindicativas.
La casa por un espacio compartido, pero no habitado.
El amor por una negociación permanente de mínimos emocionales.
Ya no vivimos juntos: coexistimos.
Ya no hacemos el amor: consumimos encuentros.
Ya no lloramos de emoción: lo llamamos intensidad y seguimos adelante.
Y mientras tanto, los mismos que roban, mienten y se reparten favores celebran este paisaje: una sociedad cansada, fragmentada, distraída, incapaz de defender lo sencillo porque ya no cree que valga la pena.
Por eso la Navidad —si aún significa algo— no debería ser una tregua artificial ni un paréntesis sentimental patrocinado por el consumo. Tampoco un refugio infantil frente a un mundo adulto que se descompone.
La Navidad puede ser otra cosa: un acto de resistencia íntima.
Resistencia a la prisa.
Resistencia al ruido.
Resistencia al cinismo que nos quiere convencer de que nada importa.
Celebrar lo sencillo hoy es profundamente subversivo.
Cuidar, mirar, acompañar, escuchar…
eso sí amenaza a los corruptos, porque una sociedad que se reconoce viva no se deja saquear con facilidad.
Nos han hecho creer que la ternura es ingenua, que la bondad es débil, que lo pequeño no cuenta. Y mientras mirábamos a otro lado, llenaron nuestras vidas de la miseria moral de unos corruptos miserables, hasta confundirla con la nuestra. Pero no lo es.
La corrupción no empieza en los despachos: empieza cuando dejamos de cuidar.
La decadencia no se impone por decreto: se instala cuando renunciamos a lo esencial.
Defender lo sencillo hoy no es nostalgia; es responsabilidad.
Hacia nosotros mismos, como individuos únicos.
Y hacia la sociedad que formamos, nos guste o no.
Es elegir mirar a los ojos.
Es sostener una mano.
Es llegar a casa y estar.
Es amar sin ruido.
Es criar, acompañar, compartir, sobre todo, cuando nadie aplaude.
Una sociedad no se mide por sus consignas ni por sus relatos, sino por cómo se trata en lo íntimo.
La Navidad no va a arreglar gobiernos, ni a borrar robos, ni a corregir abusos.
Pero puede hacer algo decisivo: devolvernos el centro.
Desde ahí —y solo desde ahí— se empieza a reconstruir todo lo demás.
No con grandes gestas.
No con discursos huecos.
“Amar y cuidar sin aplausos es hoy, la forma más honesta de rebelión.”
(J. N.)







