«Disfruten de lo votado, señores que se creen valencianos». La frase, cargada de ironía y desencanto, pone el dedo en una llaga que no deja de supurar en la Comunidad Valenciana: la cuestión de sus lenguas. Según esta crítica, el resultado de las decisiones tomadas —o de lo que se ha votado— es la pérdida de los dos idiomas que dan forma a esta tierra: el valenciano, lengua propia y emblema de la identidad local, y el español, lengua común de España y una de las más habladas del mundo.
El reproche es claro: se ha permitido que el valenciano sea «usurpado» por el catalán y que el español quede arrinconado, y esto no es solo un problema lingüístico, sino una herida en el corazón de lo que significa ser valenciano.
Empecemos por el valenciano. Decir que está siendo usurpado por el catalán es un grito que resuena en muchos rincones de la región.
Para quienes lo sienten así, por nuestros padres, abuelos, etc, no es solo una cuestión de palabras o gramática, sino de soberanía cultural, hasta en nuestro territorio se lo intentan apropiar, fiestas, tabarca, etc…. El valenciano, con sus giros, sus expresiones y su historia, es un tesoro que distingue a esta comunidad, un vínculo con el pasado que se remonta siglos atrás.
Pero hay quienes perciben que las políticas lingüísticas, impulsadas por instituciones o partidos con agendas propias, están imponiendo el catalán como si fuera lo mismo, como si el valenciano no tuviera entidad suficiente para sostenerse solo. Los «lingüistas» pueden argumentar que son variantes de una misma raíz , pero en la calle eso importa poco. Lo que duele es la sensación de que una lengua foránea, o al menos vista como tal, está colonizando lo propio, diluyendo una identidad que muchos consideran única e irreductible.
Y luego está el español, «la lengua de nuestra patria», como se dice con énfasis. Aquí la crítica apunta a otra pérdida, quizá más silenciosa pero igual de grave.
El español no es solo el idioma de España; es una de las lenguas más poderosas del planeta, hablada por casi 600 millones de personas, con una riqueza literaria y cultural que trasciende fronteras. Para los valencianos, es tan suya como el valenciano, un pilar de su vida cotidiana y una puerta al mundo. Si «lo votado» —las políticas, las prioridades, las decisiones colectivas— ha llevado a que el español pierda terreno en la educación, en la administración o en el día a día, el enfado es comprensible. ¿Por qué despreciar algo tan valioso? ¿Por qué relegar una lengua que une a España y conecta a los valencianos con el resto del mundo? La crítica sugiere que se está sacrificando un patrimonio universal por un proyecto que no todos comparten.
«Disfruten de lo votado» no es solo una pulla; es un lamento con un fondo de advertencia.
El catalanismo nos invade y hacer perder la lengua de la región y olvidemos la lengua de la patria, Apunta a una responsabilidad compartida: las urnas, el silencio o la indiferencia han traído consecuencias. Si los valencianos —o quienes se creen valencianos, como se dice con sarcasmo— han permitido que sus lenguas se debiliten, el reproche no es solo hacia los gobernantes, sino hacia todos. Al final, esta crítica no trata solo de idiomas, sino de identidad: de lo que se pierde cuando no se cuida lo que nos define como pueblo.
- Pedro Agustín, Héroes de Cavite/ IPEG











