Nos acercamos a la Navidad; esa fiesta anual de la que nos han hurtado su más íntimo significado, pero en la que se mantienen, aunque sea “cara a la galería”, los mensajes reiterados de buenos deseos. Ya no es la Natividad del Hijo de Dios, pero sí es el tiempo de defender la hermandad, la alegría y la paz. ¡Oigan! Esto está bien, pero ¿no tendría que ser durante todos los días del año? Y ¿no estaría bien también recuperar el sentido de estas fiestas navideñas? ¿Qué sería mejor, si deseamos hermandad, alegría y paz, que recordar que quien nos transmitió esos buenos sentimientos, fue el Amor en mayúsculas, fue Jesús?
No hace falta que todos celebren la “Navidad”. Pero las cosas son lo que son y no lo que quieran inventar. El 24 de diciembre es Nochebuena y el 25 es Navidad. Y los cristianos celebramos -con quienes quieran acompañarnos-, el Nacimiento del Amor. Como decía G.K. Chesterton, la Casa de la Navidad es “el lugar donde Dios no tenía hogar, y donde todos los hombres se sienten en su hogar”.
Por eso he de confesar que se me hace muy difícil comprobar cómo en nuestras calles, en nuestras casas, y también en nuestros colegios y con nuestros niños, se está olvidando que nuestra Fe, nuestra cultura y nuestra tradición, se recoge y se acoge en el Belén y en los Reyes Magos. Yo no sé de dónde se han sacado -en algunos colegios, por cierto, incluso de ideario cristiano-, a unos enanitos verdes que van haciendo trastadas y escondiendo cosas por la casa. De verdad que no lo entiendo. Sí puedo entender que otros países tengan culturas similares, pero no iguales, y celebren a Papa Noel o a Santa Klaus; también forman parte de nuestra civilización. Lo que no puedo entender es que, de la misma forma que hemos cambiado la fiesta de todos los Santos por las brujas y los demonios de Halloween, en nuestra Navidad hayamos cambiado el Nacimiento por los monigotes que suben por los balcones, o los elfos plantados en la puerta de nuestras casas.
Sea como fuere, yo seguiré erre que erre: voy a celebrar la Navidad; voy a poner el Belén en casa; también voy a poner el árbol (el árbol de la Vida, del Génesis, que representa a Cristo, el regalo supremo de Dios para la humanidad); voy a cantar villancicos, como “Llega la Navidad” -de mis queridos payasos de la tele-, o “Blanca Navidad” -magistralmente interpretado por Bing Corsby-; y voy a transmitir a los pequeños de la casa, y a los no tan pequeños, la tradición que recibí de mis padres y mis abuelos. Me da igual si los Reyes Magos aún vienen en camellos o ya vienen en Reactores Magos; yo les pondré unos pastissos, un poco de mistela, y los zapatos junto al balcón. Y lo haré como lo hacía de niño; con la misma ilusión, con esa ilusión de la inocencia con la que miraba a María, a José y al Niño Jesús, en ese pobre portal, donde “comenzó todo”. Y quiero ser parte de esa historia; quiero ser parte de ese camino que allí empezó y que nos ha justificado; porque nos ha traído la redención.
¡Señor Jesús! Te pido que nazcas en los corazones de todos los hombres; año a año; pero también, todos los días.
¡FELIZ CUMPLEAÑOS, JESÚS!
¡FELIZ NAVIDAD!











