Muchos jóvenes hemos crecido con la falsa impresión de que cursar una carrera universitaria es la clave del éxito. La fórmula era bastante simple en la infancia: estudias lo máximo que puedas, entras en la universidad, encuentras trabajo. Nuestros mismos padres nos inculcaron esta creencia, basada en su propia experiencia de su juventud.
Sin embargo, en pleno 2025 ya no basta con el título universitario. Necesitas también un máster, cursos, idiomas y experiencia de como mínimo tres años. Con veintidós años te das cuenta de repente que tendrías que haber empezado a formarte en tu campo hace una década para poder tener todas las competencias necesarias para que te contraten.
En España, el 41,1% de la población de entre 25 y 64 años tiene estudios superiores, 6,3 puntos por encima del dato de la UE, según el informe Un análisis del perfil de los graduados universitarios españoles y su inserción laboral de la Fundación CYD.
Es normal que en estas condiciones los jóvenes nos sintamos timados por la universidad, por todas las esperanzas y sueños que todos pusimos en estos años de carrera, que, al fin y al cabo, no te preparan para la vida laboral. La gran mayoría de los graduados sale de la universidad con el título, pero sin experiencia, con un completo desconocimiento de las competencias que se buscan o de cómo funciona el mercado laboral.
Los adolescentes están con la duda de qué estudiar, qué trabajo te va a ofrecer dinero, tiempo para estar con la familia y los amigos, y que además te apasione.
Las formaciones profesionales se están popularizando entre los jóvenes por los conocimientos prácticos que ofrecen, además de que son cada vez más demandadas. FP como Fabricación Mecánica, Instalación y Mantenimiento, Transporte y Mantenimiento de Vehículos, Electricidad y Electrónica, o Sanidad ofrecen mayor empleabilidad, según un informe del Banco de España. Aun así, nada te garantiza encontrar empleo, ni que estés feliz con el que tendrás.
Al final, muchos tienen que resignarse a trabajos mal pagados y poco relacionados con aquello a lo que dedicaron años de estudios. Los sueños, el “qué quieres ser cuando seas grande”, ya dan igual, porque aunque consigas estudiar lo que deseas, eso no garantiza que vayas a trabajar de ello. No es nada nuevo, todo esto ya se sabe. Lo que antes era un punto de llegada ahora es apenas un punto de partida: entrar a la universidad ya no significa abrir puertas, sino empezar una carrera contrarreloj por acumular méritos en un sistema que nunca parece suficiente.










