El próximo mes de julio se estrena La Odisea, su última película. No sé si por decisión propia, por dinero o por presión, o un poco de todo, nos ha fabricado una historieta de lo más pintoresca.
Se rumorea que un «actore» trans, operada y hormonada para parecer un hombre, interpretará el papel del héroe Aquiles. Lo más curioso no es esto. Lo más curioso es que al gran guerrero del poema épico griego, lo interpretará une persone de algo más de metro y medio de estatura y cincuenta y cinco quilos de peso. Una elección que sin duda hará “muy creíble” el personaje.
Otra pésima elección en el elenco es la de Lupita Nyong´o para interpretar a Helena de Troya. Lupita es una actriz kenianomexicana con un físico que me puede resultar tan griego del siglo VIII a. C. como el de Grace Jones. Me parece tan ridículo ver a esta mujer interpretar a Helena de Troya, como me pareció ver a Gina Lollobrigida interpretar a la reina de Saba.
¿Qué es esto? ¿Es solo por imposición de cuotas? ¿para dar visibilidad a minorías?
¿Qué minorías? Se estima que cerca del 75% de la población negra mundial vive en África, formando parte de una población que supera los 1.000 millones de personas, y esto, solo en África. Eso está muy lejos de ser una minoría.
¿Imposición de cuotas? No es un problema, te inventas una buena historia y puedes meter hasta un gato actor, ¿por qué no?
Pero esto es otra cosa. Esto no es por cuotas ni por dar visibilidad a ningún grupo. Esto es para destruir la cultura europea desde los cimientos. Para imponer una ideología, para cambiar la historia y hacernos comulgar con ruedas de molino. Para ello cuentan con el arma más efectiva, el cine y la televisión. Tan eficaz, que estoy segura de que hay gente que cree que Indiana Jones ganó la segunda guerra mundial.
La famosa frase,“ no he leído el libro, pero he visto la película” es una de las más dañinas de la historia.
Ya lo han intentado, con un Ulises deprimido en el pestiño ese de El regreso de Ulises.
Una cinta aburrida, cuya única voluntad es desmerecer el poema y al héroe de Troya. El palacio del rey de Ítaca parece un corral de cabras, Penélope, arquetipo de fidelidad, acaba siendo infiel con uno de los príncipes y Telémaco es un flojo. Lo que no han podido hacer es cargarse el personaje de Ulises. Deprimido o no, Ulises hace lo que tiene que hacer y limpia su casa y su reino.
Tanto la Odisea como la Ilíada son demasiado potentes. No basta con colocar pegotes de traumas modernos a los personajes, ni con que los interpreten actores de cualquier etnia, color o “genere.”
La Troya de Wolfgang Petersen, a pesar de ser bastante buena, se toma también ciertas licencias que desvirtúan la historia totalmente. Para empezar, la Ilíada en la que se basa, no es una historia de “buenos y malos” como se pretende en la película. La Ilíada es una historia de cabrones al más puro estilo grecorromano. También omite a los dioses, parte fundamental del relato. Para rematar, los actores que interpretan a Menelao y Agamenón, descritos como dos enormes guerreros rubios, son Brian Cox y Brendan Gleeson, excelentes actores, pero que tienen la misma pinta de guerreros del siglo VIII a. C., que Jason Momoa de bailarina del Ballet Bolshói.
Llevan intentando distorsionar la obra de Homero mucho tiempo sin conseguirlo totalmente, pero no por ello van a dejar de intentarlo.
Por otra parte, tanto los actores y las actrices, así como los directores que se prestan a estas cosas, deberían replantearse si les conviene realmente seguir el juego.
La forma más sutil de desprecio es sin duda la condescendencia. Hacer estas cosas, es como decirles a esos actores, a esas supuestas minorías que les vamos a dar de forma benevolente visibilidad. Como si en otras culturas no hubiera historias fascinantes que contar y que por eso los invitamos a las nuestras, porque en el fondo “las suyas no valen nada.”
Nadie gana con estas cosas, perdemos todos.










