“Es difícil conseguir que un hombre entienda algo cuando su salario depende de no entenderlo.”
Upton Sinclair
Hay algo que hacemos todos… y preferimos no mirar demasiado de cerca.
Alguien comete un error evidente —a veces algo peor que un error— y, sin embargo, encuentra defensa inmediata. No porque lo que haya hecho sea defendible, sino porque es “uno de los nuestros”.
Y casi sin transición, el mismo comportamiento, en alguien del otro lado, se convierte en inadmisible.
No es casualidad. Es rutina.
Y no, no es hipocresía.
Es algo más elaborado.
Nos gusta pensar que opinamos desde los hechos, desde el análisis, desde una cierta idea de justicia. Pero antes que nada, pertenecemos. Y cuando pertenecemos, interpretamos.
Primero nos vinculamos a un grupo —da igual cuál—. Después, ese grupo empieza a formar parte de cómo nos definimos. Y a partir de ahí, juzgar deja de ser un ejercicio limpio y se convierte en un mecanismo de defensa.
No defendemos lo que ocurre, aunque lo sentimos como propio.
Pero hay algo más, y es ahí donde el asunto se complica de verdad.
Porque no solo defendemos al grupo, sino que además acabamos delegando en él.
Lo que empieza como afinidad termina, muchas veces, en cesión.
Cedemos el criterio, el juicio, incluso la duda. Y lo hacemos sin vivirlo como una pérdida, sino como una forma de coherencia.
Así, el grupo deja de ser un lugar donde estar y pasa a ser un lugar desde donde pensar. Y entonces, sin darnos cuenta, dejamos de elaborar nuestras ideas y empezamos a adoptarlas. Dejamos de cuestionar y empezamos a repetir.

La discrepancia ya no incomoda por lo que dice, sino por lo que pone en riesgo.
No porque alguien nos prohíba pensar distinto, sino porque dejamos de permitirnos hacerlo.
En ese punto, la identidad ya no se apoya en el grupo: depende de él.
Y cuando eso ocurre, uno deja de ser referencia para convertirse en pieza útil mientras encaja.
Prescindible cuando molesta.
A partir de ahí, todo se vuelve previsible.
Si alguien cercano cruza una línea, no solemos revisar el criterio: revisamos el relato. Ajustamos, matizamos, buscamos contexto. Lo que fuera de nuestro círculo veríamos como falta, dentro se convierte en excepción.
Al otro lado, el proceso es más rápido y más duro: se simplifica, se amplifica y se sentencia. Y todo ello con una seguridad que rara vez se cuestiona.
Lo inquietante no es que esto ocurra, si no que se normalice.
Porque no estamos hablando de ideologías ni de formación, si no dealgo más básico: la necesidad de no rompernos por dentro. Cuestionar a los nuestros no es solo cambiar de opinión; es tocar algo más íntimo.
Y eso cuesta.
Y no, no es algo que ocurra fuera. Ojalá.
Así, casi sin notarlo, la justicia deja de ser un criterio y pasa a ser una herramienta. Ya no sirve para entender lo que pasa, sino para sostener a quién consideramos parte de lo nuestro.
No usamos la misma vara.
Usamos la vara que nos sostiene.
Y lo hacemos con tal naturalidad que incluso creemos estar siendo justos.
Ahí está el punto ciego.
Porque el mayor sesgo no es pensar mal. Es pensar desde dentro.
Desde dentro del grupo. Desde dentro de la emoción. Desde dentro de una identidad que necesita protegerse para no tambalearse.
La pregunta incómoda no es quién tiene razón. Es otra.
¿Qué diríamos si eso mismo lo hiciera alguien al que no sentimos como propio?
Si la respuesta cambia, no hay duda: no es criterio, es sesgo.
Y reconocerlo no nos debilita. Nos devuelve margen.
No para ser perfectos —eso no existe—, sino para ser un poco más honestos con lo que vemos.
Porque quizá la cuestión no es que hayamos perdido el sentido de la justicia.
Probablemente, el problema es que la hemos puesto al servicio de la pertenencia.
Y desde ahí, todo encaja.
Demasiado bien.
“Cuando la verdad depende de quién la dice, lo que se ha perdido no es la razón: es la libertad de pensar.”











