A lo largo de mi trayectoria, he tenido el privilegio de desempeñar diversos roles en el ámbito público: asesor, diputado en las Cortes Valencianas y, actualmente, alcalde de Gátova. Sin embargo, desde que me licencié en Derecho por la Universidad de Valencia, siempre he mantenido mi ejercicio como abogado. Esta dualidad entre la política y mi profesión me ha enseñado una lección invaluable: nunca abandonar tu carrera profesional, sin importar cuán atractivas sean las ofertas políticas.
La política es un mundo seductor que ofrece la oportunidad de influir en decisiones trascendentales y servir a la comunidad. Sin embargo, es también un terreno volátil, sujeto a cambios constantes y, en ocasiones, impredecibles. He sido testigo de cómo colegas, al asumir cargos públicos, deciden apartarse de sus profesiones originales, confiando en la estabilidad de sus posiciones políticas. Pero la realidad es que la política es efímera; las mayorías cambian, las alianzas se transforman y, en un abrir y cerrar de ojos, uno puede encontrarse fuera del escenario político.
Igual que llegas, te vas.
Basta con que le caigas mal a alguien, que no seas de la cuerda correcta, que no formes parte de la familia adecuada o, simplemente, que no te voten. La política muchas veces no premia la vocación de servicio, sino la lealtad a ciertos intereses, y quienes piensan que permanecerán en ella para siempre suelen llevarse una amarga sorpresa.
Mantener mi práctica legal me ha proporcionado una perspectiva única y una estabilidad que la política no siempre garantiza. El contacto diario con clientes, la resolución de casos y la inmersión en el mundo jurídico me permiten mantener los pies en la tierra y comprender de primera mano las preocupaciones reales de los ciudadanos. Esta conexión directa con la realidad es esencial para ejercer una política más empática y efectiva.
Además, conservar una profesión fuera del ámbito político ofrece una red de seguridad invaluable. En caso de que la carrera política llegue a un impasse, contar con una trayectoria profesional permite una transición más suave y evita la sensación de desamparo que muchos experimentan al finalizar su servicio público.
Es comprensible que, al asumir responsabilidades políticas de gran envergadura, la dedicación que requieren pueda llevar a considerar la posibilidad de abandonar la profesión original.
Sin embargo, es fundamental encontrar un equilibrio. Delegar responsabilidades, gestionar el tiempo de manera eficiente y rodearse de equipos competentes son estrategias que permiten mantener ambas facetas sin sacrificar ninguna.
En mi caso, ser alcalde de Gátova, una localidad con profundas raíces históricas y culturales, es un honor y una responsabilidad que asumo con total compromiso.
Pero ello no implica renunciar a mi vocación como abogado. Al contrario, ambas facetas se complementan y enriquecen mutuamente, permitiéndome servir a mi pueblo con una visión más completa y fundamentada.
Por muy tentadoras que sean las mieles de la política, es esencial no perder de vista nuestra esencia profesional. Nuestra carrera es parte de nuestra identidad y nos brinda una estabilidad que la política, con su naturaleza cambiante, no siempre puede ofrecer. Mantener esa dualidad no solo enriquece nuestra labor pública, sino que también nos prepara para enfrentar cualquier eventualidad que el destino político nos depare.















