Aunque parece un poco alejado de los habituales artículos de moda, si está vinculado a la parte interna, la que no se ve, la toma de decisiones, algo vital en una profesión de ritmo vertiginoso.
Algunos acontecimientos me han hecho reflexionar sobre hábitos profesionales, la universidad de la vida sigue enseñando, y es conveniente analizar la parte de gestión y el comportamiento humano dentro de las organizaciones.
Esta situación la he vivido en muchas ocasiones, e incide en las decisiones empresariales y en la vida diaria; la eficacia es la capacidad de lograr el efecto deseado o cumplir un objetivo fijado, pero sin tomar en cuenta los recursos o el tiempo invertido. La eficiencia es similar pero utilizando la menor cantidad posible de recursos, tiempo, dinero, energía o materiales.
Sutil diferencia que muchas personas confunden, porque en el mundo que vivimos este matiz es muy importante, demorarse en el tiempo puede conseguir que lo realizado ya no tenga el mismo valor, puede haber afectado en el tiempo a las personas, y que el resultado no sea, al fin, lo suficientemente positivo.
Con el transcurso del tiempo se encarecen los costes, y se modifican las circunstancias empresariales y sociales, pudiendo dejar obsoleta una solución, o simplemente complicarla.
El perfil de los amantes de la eficacia suele ser muy similar, lo importante es acabar, pero desprecian la eficiencia y sus obvias ventajas ; hay proyectos que necesitan de tiempo, pero hay proyectos que se empantanan por procrastinar, y no dar las soluciones en tiempo y forma, generando problemas empresariales, de gestión, producto, producción, o productividad, con el consiguiente perjuicio. No es una columna política, pero Ceuta sería un ejemplo clarísimo.
En el mundo de la moda, como en cualquier otra actividad también encontramos estos perfiles, retrasar soluciones que están sobre la mesa, que pueden ser solventes, que se paralizan con un vamos a ver “otras opciones”, y posteriormente dilatar la solución en el tiempo.
El concepto eficacia, en este caso, lo asocio con la incompetencia, pues una solución viable, queda en “seguramente se resolverá en el tiempo”, pasándola a dormir el sueño de los justos, por pura ineptitud, o acoplamiento del tiempo a un ritmo profesional personal, o por otras cuestiones que no tienen que ver con la resolución de problemas.
Para poder ser eficaz y desdeñar la eficiencia hay que convencer que esto es bueno, que paralizar proyectos puede tener ventajas, en la mayoría de las ocasiones no es cierto, puede estar ligado a protagonismos personales, interés en el control de las cosas o personas, pero en la mayoría de los casos en incapacidad para llegar a soluciones solventes, miedos latentes, u otras razones. Al finalizar el proyecto debes “vender” que esto ha sido estupendo, y que la opción de paralizar resoluciones ha sido la mejor opción, no es cierto, en muchísimos casos, por no decir en la mayoría, demorar decisiones empresariales o de ejecución, es un fracaso seguro con distintas vertientes, que no suelen superar las ventajas, o el resultado de la eficiencia.
Si estas demoras implican a personas, el daño es mayor, si no se han tomado las decisiones, y la ejecución en tiempo y forma, el agotamiento personal es una de las causas principales; en la eficacia es importante “el qué”, en la eficiencia “el cómo”, matiz importantísimo por el desgaste que produce llegar a un punto a largo plazo, sin importar que se puede realizar de otras formas más eficientes, utilizando mejor los recursos.
Leí un magnífico ejemplo, dos barcos navegando hacia una isla, uno trazará la ruta más corta y rápida, aprovechando los vientos, ajustando las velas y aprovechando las corrientes, reservando así energía y suministros, el otro capitán cree que lo importante es llegar a la isla, no contempla previsiones, por lo tanto gastará más combustible, no tendrá en cuenta las corrientes, que puede hacerle desviarse del rumbo, y gastará más suministros, los dos llegarán, pero dime ahora: ¿dónde te gustaría estar si fueras un marinero embarcado en alguno de esos barcos?, “no hay más preguntas señoría”.
Uno de los efectos más devastadores es el de los profesionales que navegan con estas personas, que están viendo que las decisiones no son correctas, y si además, no tienes opción de participar en esas decisiones, o simplemente deben acatarlas, el nivel de frustración general está garantizado, porque habitualmente este tipo de liderazgos en busca de la eficacia, caiga quien caiga, no admite la corrección, porque confía que el resultado final, le dará la razón; no es así, cuando he viajado en barcos con este perfil, lo que quiero es bajar rápido y cambiar de barco.
En la moda con más razón, las corrientes cambian al momento, los vientos son las tendencias, y la tecnología impone nuevas formas de navegar, más versátiles, con buena preparación, y con capacidad para acoplarse a los cambios con rapidez, teniendo la previsión que siempre encontraremos tormentas. En estas condiciones los directivos, diseñadores, responsables de producción y logística, deben ser muy eficientes, con gran visión, para evitar encallar el barco en una playa por falta de capacidad en la toma de decisiones ágiles, que no están exentas de análisis, y no llegar a la isla sin más, algo impensable en el momento empresarial que vivimos. Esto es extensible a comportamientos personales, especialmente en la falta de ética que estamos sufriendo, “el qué” es importante, pero en cualquier comportamiento ético y con capacidad de resolución, es necesario “el cómo”.









