Josep Carles Laínez “Patria: El Nuevo NO-DO”

Comprender a quien mata. He aquí la nueva consigna. En España, nos pasamos la vida comprendiendo a quienes el poder “democrático” nos dicta que hemos de comprender.

También nos dice cada día –por radio, televisión y redes sociales– a quién hemos de odiar. Mirándolo bien, casi nos machaca más en a quién odiar, pero ya hablaremos de esto. Ahora se trata de razonar por qué nos exige un “firme compromiso” (como dicen los políticos) de comprensión. Comprender. Comprender a quien mata, hacernos cargo de su dolor en tanto víctima de un sistema concreto, de su pasado terrible (y si no es terrible, se oculta), de la cadena de violencia que lo llevó a una espiral sin salida y, por ende, sin sentido. Que hubo dolor, claro, pero ubicuo, repartido urbi et orbi, sin víctimas ni victimarios, pues todos, al final, fueron víctimas, y la cohesión de una sociedad, o de un grupo, se hizo añicos.

¿A qué viene todo esto? Bueno, pues a que el Poder nos dicta, a partir de una serie televisiva, a quién hemos de comprender, y, por consiguiente, qué se ha de relativizar.

Me refiero, claro, a la miniserie Patria, basada en una novela del escritor vasco Fernando Aramburu, estrenada en paralelo (con un par de días de receso, que nadie me acuse de mentir) en la plataforma de pago que la ha producido (la excelente HBO) y en Telecinco, lugar donde han recaído los títulos anteriores del “creador” de la serie: el productor y guionista vasco Aitor Gabilondo. Gabilondo siempre ha ofrecido piezas televisivas de calidad y con atracción por el “peligro”: los problemas de coexistencia en Ceuta, y el trasfondo del islamismo, en El Príncipe; o el narcotráfico, sus extorsiones y la corrupción policial, en Vivir sin permiso, por solo citar dos afamados títulos. Y ahora, Patria, cuyo tema le toca mucho más de cerca, y donde, sin duda alguna, también le será más difícil hablar libremente…

No soy conspiranoico, pero creo en las sincronicidades, y, más aún todavía, en los planes para diseñar una sociedad, para darle la vuelta por completo, para que no la reconozca “ni la madre que la parió”, en inolvidable frase del vicepresidente del Gobierno español Alfonso Guerra.

Lo decía en los 80 de la pasada centuria, y cuarenta años después sus (indeseados) sucesores siguen en el mismo andamio. ¿Por qué Patria en este momento histórico? Para comprender, para asumir la bondad y la regeneración de la vida democrática, para no estigmatizar, para dividir el dolor, para darle una oportunidad a la paz, como dirían los cursis. Vale, ahora saldrán los quisquillosos arguyendo que la novela es de 2016, y Pedro Sánchez es presidente desde 2018. Bien, de acuerdo, así es. Sin embargo, no hablo de la novela, sino de la serie.

Confundir una obra literaria con una adaptación para la (gran o pequeña) pantalla es un error de bulto. Y mezclarlas también. La serie Patria no se ha rodado más allá de 2018, los Gabilondo (el productor, el periodista, el exministro…) son uno de los buques insignias del progresismo patrio (y además son vascos, lo cual les exime de la sospecha de no ser sinceros en la búsqueda de la paz), el Gobierno de Sánchez necesita el concurso de todo aquello que los suyos no sitúan en la derecha española (si es vasca o catalana, da igual), y sobre todo precisa de cambios en los ciudadanos para aceptar lavados de cara que hubieran sido intolerables con el PSOE del “pasado manchado de cal viva”, en otra inolvidable frase del actual vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias. Y, vistos así los elementos del puzle, todo cuadra.

Solo se necesitan diez minutos de metraje para percibir el talante de la serie Patria: uno es visual; el otro, oral.

El primero es el asesinato de Txato (José Ramón Soroiz). Nada se ve. El “creador” de la serie nos ahorra el visionado de asistir a cómo dos chavales salen de un coche, se dirigen a un tipo normalucho, y le descerrajan tres tiros. Ojos que no ven, corazón que no siente. Una concepción de la escena con primeros planos, y con uno general de los disparos para apreciar quién aprieta el gatillo y quién cae, en la misma imagen, crearía un clima psicológico distinto en el espectador. Está el dolor de su mujer, Bitxori (Elena Irureta), por supuesto, pero con él ya contábamos.

El segundo momento es cuando la viuda decide volver al pueblo tras el anuncio del cese definitivo de la lucha armada. En el autobús, dos vecinas la identifican y mantienen entre ellas esta conversación:

—Pobre mujer…

—¿Pues?

—Lo que habrá sufrido.

—Todos sufrimos… El conflicto, Pili.

—Ya.

Llevamos diez minutos de metraje, repito, y ha aparecido en dos ocasiones el espíritu con el que el Poder desea nuestra aquiescencia y aplauso: empatizar con quien cae muerto en el suelo y con quien aprieta el gatillo.

Recuerde usted ahora las críticas y las sospechas que se cernieron sobre la novela Soldados de Salamina (2001) de Javier Cercas (y asimismo con el film homónimo de David Trueba de 2003) por “empatizar” con el intelectual falangista Rafael Sánchez Mazas. O piense si ha visto alguna película alemana, francesa o estadounidense que “empatice” con algún líder, oficial o soldado nazi sin hacerlo renegar de sus ideas. O imagínese un film donde se “empatice” con Charles Manson, quien, a todo esto, sufrió una niñez, adolescencia y juventud que no habrá tenido ni uno solo de aquellos con los que ahora el Poder nos pide empatizar. Las analogías podrán ser tramposas, pero son de un enorme didactismo, y ayudan a ver. Empatizar con ellos sería relativizar el sufrimiento de sus víctimas. En el fondo, eso busca el Poder, ¿no?

Comprender. En el principio, era el verbo. Comprendamos, pues. Pero comprendamos a todos (también los ejemplos del párrafo anterior).

Si no, no habrá ninguna buena voluntad de reconciliación con el mundo entero, sino mera propaganda y adoctrinamiento a través del nuevo NO-DO del Poder. Es una miniserie. Se llama Patria. Se ofrece pagando y en abierto. La han reseñado con alabanzas los diarios de derechas y de izquierdas. Y todo se hace cada vez más sospechoso. Más siniestro.

Josep Carles Laínez