«Qué fácil resulta aceptar al otro mientras no tenga nada que decir sobre nosotros.»
Jose Navarro
Hubo una época en la que yo estaba encantado con mi crecimiento personal. Leía, aprendía, descubría cosas que me ayudaban a entenderme. Algunas me hicieron mucho bien. Otras me hicieron sentir muy bien, que no siempre es lo mismo. Empecé a reconocer mis reacciones y a ponerles nombre. Pronto adquirí una habilidad adicional: reconocer las de los demás. A veces, incluso antes de que terminaran de hablar. Yo lo llamaba comprensión. Visto desde aquí, tenía bastante de impaciencia con estudios.
En una conversación en casa, alguien cercano me dijo algo que yo habría escuchado con mucho interés si se hubiera referido a un tercero: «Últimamente, cada vez que te cuento lo que me pasa, acabas explicándome lo que tengo que trabajar». Me sorprendió. Yo estaba ayudando. Contesté con aquella serenidad que uno encuentra tan admirable cuando la está poniendo él: «Creo que te cuesta aceptar que ahora veo algunas cosas de otra manera». La respuesta fue breve: «Me cuesta que ya no puedas escucharme sin corregirme».
Aquella frase no me volvió humilde de golpe. Mi primera reacción fue preparar una explicación mejor. Tenía recursos: resistencia al cambio, proyección, heridas pendientes. Un pequeño arsenal con nombres suaves. Casi cualquier protesta podía convertirse en un síntoma de quien protestaba. Si se enfadaba, confirmaba mi interpretación. Si dejaba de hablar, también. Había organizado una conversación en la que yo siempre ganaba y la otra persona apenas tenía dónde sentarse.
Me gustaría contar que comprendí la lección y que aquello quedó atrás. Todavía me descubro preparando una defensa mientras alguien intenta decirme algo. Incluso escribiendo estas líneas resulta tentador presentarme como el hombre que ya aprendió. Qué bien queda la humildad cuando la cuenta uno mismo. La otra persona estaba hablando de cómo se sentía conmigo. Yo le explicaba qué le pasaba a ella. Mi comportamiento conseguía quedarse fuera de la conversación.
Podemos hacerlo después de un curso, de una terapia, de una lectura o sin haber pasado por nada de eso. Basta con estar muy satisfechos con nuestra propia versión. Nos declaramos abiertos y tolerantes hasta que una opinión diferente cuestiona al titular. Entonces nuestra amplitud de miras empieza a estrecharse. La escena resulta especialmente incómoda cuando quien nos escucha lleva años con nosotros: conoce nuestras palabras nuevas y recuerda nuestras costumbres.
El recorrido puede empezar con una convicción: he cambiado. Alguien señala una conducta mía que le duele y siento que pone en duda todo ese trabajo. Me defiendo buscando qué le pasa a quien me habla. Se cansa de recibir explicaciones y acaba contándome menos cosas. Ahí encuentro mi prueba: «Desde que he cambiado, ya no conectamos». La distancia que he contribuido a crear me sirve para confirmar mi versión. Una explicación redonda. Tan redonda que permite seguir dando vueltas.

Hay relaciones de las que conviene salir y límites que necesitamos poner. Puedes haber cambiado de verdad mientras alguien insiste en tratarte como antes. Una crítica también puede ser injusta. Examinarla te permite decidir con más fundamento. Cuando te señalan una conducta concreta, puedes preguntar, recordar qué ocurrió y discrepar. Si cualquier objeción demuestra automáticamente que el otro tiene un problema, ¿qué posibilidad le has dejado de decirte algo que necesites saber?
«Estoy protegiendo mi paz», decimos a veces. Conviene escuchar qué estamos pidiendo con esa frase. Respeto. Descanso. Distancia de una situación que nos hace daño. O que nadie mencione aquello que preferimos dejar intacto. Puedes hablar bajito y seguir haciendo daño. Puedes estar sereno mientras el otro mide cada palabra para que no vuelvas a explicarle lo equivocado que está. Nuestra calma también merece que miremos cómo se vive desde el otro lado de la mesa.
Piensa en la última ocasión en que alguien cercano te dijo «esto que haces me duele». ¿Qué contestaste? ¿Preguntaste por lo ocurrido? ¿Le explicaste sus motivos? ¿Sacaste una falta suya para compensar la tuya? Basta recordar una conversación. Las palabras que elegiste y lo que pasó después. Ahí tienes algo que examinar, por mucho que tu intención fuera buena.
Sigo encontrando valor en lo que aprendí. Precisamente por eso necesito revisar cómo lo uso. Aceptar una torpeza no invalida todo mi recorrido. Y reconocerla tampoco resuelve por sí solo sus consecuencias. Algunas disculpas llegan tarde; otras necesitan que después hagamos algo distinto.
En la próxima conversación, cuando notes que ya estás preparando tu explicación, prueba a esperar. Deja que esa persona termine. Puede haber una parte cierta en lo que dice, algo que hayas entendido mal o una diferencia que siga abierta. Todavía no lo sabes. Pregunta. Tendrás tiempo de responder.









