«Si he visto más lejos es porque me he subido a hombros de gigantes.»
Isaac Newton
A veces me ocurre algo curioso.
Termino un libro, una película o una conversación con la sensación de que todo ha quedado donde debía. Sin embargo, unos días después, cuando ya no estoy pensando en ello, algo regresa.
No vuelve la historia.
Vuelve una pregunta.
No sé si a ti también te ocurre. Pero, cuando pasa, descubro que ya no estoy recordando únicamente lo que ocurrió. También empiezo a recordar desde dónde lo estaba mirando.
Y casi siempre aparece otra pregunta.
¿Por qué precisamente hoy ha vuelto esta historia?
Durante mucho tiempo pensé que la respuesta estaba en las historias.
Hoy ya no estoy tan seguro.
Mientras escribía estas líneas me he dado cuenta de algo que no había previsto al empezar. He hablado de libros, de películas y de conversaciones, pero sospecho que ninguna de ellas era el verdadero asunto.
Hay días en los que vuelves a una calle por la que caminaste cientos de veces y descubres que quien ya no la mira igual eres tú. O relees un libro que te acompañó en otro momento de tu vida y encuentras un párrafo que jurarías que antes no estaba allí. O te reencuentras con una persona a la que creías conocer perfectamente y comprendes que no sólo ella ha cambiado. Tú también.
Empiezo a sospechar que eso nos ocurre mucho más de lo que imaginamos. No sólo con las calles o con los libros. También con las personas, con las conversaciones, con los recuerdos e incluso con nosotros mismos.
Cada vez estoy menos seguro de que contemplemos las cosas tal como son. Más bien las contemplamos desde aquello que hemos vivido, desde aquello que amamos, desde aquello que tememos perder o desde aquello que anhelamos ganar.
Quizá por eso nos cuesta tanto cambiar de opinión. Hay explicaciones que un día nos abren el camino y que, sin darnos cuenta, pueden acabar estrechándolo. No porque sean falsas, sino porque nosotros seguimos caminando… y ellas, a veces, ya no.
Mientras escribía este artículo me he descubierto haciendo exactamente aquello de lo que estaba hablando.
También yo intento, a veces, que mis mapas duren un poco más que el territorio.
Ninguna historia puede mirar por nosotros.
Ninguna idea puede decidir por nosotros.
Como mucho, pueden acompañarnos un trecho.
Si has llegado hasta aquí, no hace falta que estés de acuerdo conmigo. Tampoco hace falta que recuerdes este artículo dentro de unos días. De hecho, ojalá llegue un momento en que ya no lo necesitemos.
Me bastaría con otra cosa.
Que, alguna vez, cuando una noticia nos indigne, cuando una conversación nos incomode, cuando alguien piense de una forma muy distinta a la nuestra, cuando demos algo por evidente o, incluso, cuando defendamos un recuerdo como si fuera la única forma posible de recordarlo, aparezca, casi sin hacer ruido, una pregunta muy sencilla.
¿Desde dónde estoy mirando esto?
Si alguna vez esa pregunta aparece sin que estas páginas tengan que recordármela, este artículo habrá terminado donde debía.
Tal vez ésa sea también la razón por la que aquella idea llevaba tanto tiempo acompañándome sin terminar de encontrar sus palabras.
Hoy, después de este viaje, la escribiría así:
«El cuarto muro de toda historia no está delante de sus personajes. Está delante de quien la contempla. Derribarlo no une dos mundos; revela que siempre fueron el mismo.»
José Navarro










