En 1995 el científico social Timur Kuran presentó su teoría en un libro titulado: Private Truth, Public Lies. El autor define la falsificación de preferencias como el acto de comunicar una preferencia diferente a la que realmente sentimos o pensamos como verdadera.
Todos en algún momento hemos manifestado alguna preferencia diferente a la que realmente deseamos porque la preferencia falsa es más aceptable socialmente. Por ejemplo, en el trabajo, en la universidad, con amigos, en familia para no generar un conflicto con el cuñado, etcétera. En España conocemos este concepto muy bien e incluso tenemos un nombre para estas circunstancias (aunque no contempla íntegramente el concepto de falsificación de preferencias): lo llamamos mentiras piadosas.
¿Cuáles serían las consecuencias sociales o políticas de esta falsificación de preferencias si trasladamos este hecho a la opinión pública?
Si opinamos basándonos en lo que creemos que piensa la mayoría, por evitar el conflicto, y si solo deseamos agradar a los demás en el ámbito personal, profesional o familiar, alimentamos esta falsificación. Si ocultamos nuestro descontento con una política o un régimen político, entorpecemos, impedimos que otros expresen también su descontento y, poco a poco, se va formando una autocensura que termina transformándose en una coacción social que logra que ideas como el dialogo, la libertad de expresión, o la libertad de elección política retrocedan y desaparezcan de la discusión pública. Son fenómenos que los lectores de algunas comunidades autónomas ya habrán reconocido y que algunos lectores de la nuestra ya estarán sufriendo en sus carnes.
La teoría del profesor Kuran explica el porqué de ciertos índices de aprobación que a veces publican los encuestadores respecto a los líderes de regímenes represivos, como Putin o Castro. Pero nosotros añadiríamos también a la Unión Europea.
Posiblemente, las técnicas de sondeo usadas no logran captar los motivos reales que llevan a las personas a mentir, en particular a las personas que padecen regímenes represivos. Resumiendo; normalmente la popularidad pública de los regímenes represivos supera la popularidad privada debido a que se oculta el descontento.
Los gobiernos de apariencia democrática, pero autoritarios en el fondo, sobreviven por la presión social, moral, fiscal, ecológica o legal a la que someten a la sociedad. Sumando el fomento de una cultura de la mentira, del silencio o la falsedad generalizada, basada en la falsificación de preferencias, logran que las personas se unan a políticas que menosprecian, pero que realmente consideran absurdas o que desprecian en la intimidad de sus casas.
Y lo más grave es que inducen a las personas a ignorar a la oposición, a la que admiran encubiertamente, en silencio. Por desgracia, los oprimidos colaboran en su propia opresión.
Tocqueville escribió en su libro La Democracia en América sobre: Qué clase de despotismo deben temer las naciones democráticas. Surgido de una visita a América señalaba: “Intento imaginar qué nuevas características podría tener el despotismo en el mundo actual. Veo una hueste innumerable de hombres, todos parecidos e iguales, que se apresuran sin cesar en pos de placeres mezquinos y vulgares con los que llenan sus almas. Cada uno de ellos, replegado en sí mismo, es prácticamente ajeno a la suerte de todos los demás. Para él, sus hijos y amigos personales constituyen todo el género humano. En cuanto al resto de sus conciudadanos, vive junto a ellos, pero no los ve; los toca, pero no los siente. Sólo existe para sí mismo y, aunque tenga una familia, ya no tiene un país”.
Los españoles tendremos que reformular los fundamentos de nuestro gobierno y nuestra relación con el mismo, todo un reto para nuestra sociedad, acostumbrada a las mentiras piadosas, a no enturbiar las relaciones sociales, a sostener verdades privadas y expresar mentiras públicas.
Querido lector; sé que es duro combatir la disonancia cognitiva que este asunto nos causa -yo incluido-. Sin embargo, le animo a disentir pues es una característica clave para un gobierno libre. La libertad requiere nobleza de carácter, requiere que la timidez que extorsiona el pensamiento libre e independiente no gane. Discrepar crea el espacio social, moral y político necesario para que la democracia realmente existente se transforme en libertad de expresión, libertad de pensamiento y libertad de elección real. La libertad depende de nuestras decisiones diarias, de nuestras acciones cotidianas.
Cuando falseamos nuestras preferencias y no disentimos, consentimos.
Una vez más me despido de usted, deseando haber logrado hacerle reflexionar sobre un asunto aparentemente trivial, pero de necesaria y pausada reflexión.
Un saludo cordial.






