El viejo refrán “Si el ciego guía al ciego, ambos caerán en el hoyo” no parece aplicarse a la Unión Europea. Aquí, el ciego lleva la venda en la mano, pero solo para imponérsela a los demás. Lo paradójico es que quienes nos han desprotegido durante décadas ahora nos ofrecen un barato kit de supervivencia, como si el problema fuese la falta de linternas y no la oscuridad que ellos mismos han permitido.
La supervivencia, pues, ha de ser individual, porque ¿qué fue de aquella Europa que presumía de ser una superpotencia autosuficiente? Se diluyó en la corrección política, en un wokismo que todo lo permea y en la cómoda dependencia de Estados Unidos, convertido en su protector de facto.
Pero ahora que Washington es dirigido por alguien que desafía sus dogmas, el castillo de naipes comienza a tambalearse.
El paradigma geopolítico europeo es, cuando menos, preocupante. Más allá de Putin y otros titanes internacionales, una nueva amenaza viene desde dentro: de quienes gobiernan la UE con mano blanda y discurso altivo. Europa ya no impone respeto; su identidad y su fuerza se han desvanecido en un afán de quedar bien ante el mundo. Un ejemplo de ello es la pérdida de soberanía disfrazada de virtud y flujos masivos de inmigración ilegal tolerados en nombre de una imagen moralmente intachable.
Y así, en un bucle infinito, la seguridad y la libertad de los ciudadanos se intercambian por una fachada impoluta, por la posibilidad de mirar desde arriba y juzgar con condescendencia a quienes se atrevan a cuestionar esta estrategia.
Maquiavelo, en «El Príncipe», ya advertía sobre la eterna disyuntiva entre ser amado o temido como líder. Ante esta premisa, Europa aplicó una estrategia híbrida: infundir temor con palabras de amor. Un mecanismo de persuasión sutil y efectivo, aunque incomprensible para quien no ejerza un juicio crítico propio.
A este juego se suma una educación occidentalizada que, bajo la apariencia de progreso, redefine el bien y el mal atendiendo a unos principios estrictos, moldeando nuestra libertad a golpe de coacción. Nos dicen que somos libres, pero solo en la medida en que aceptemos su guía. Paradójico, pero eficaz.
Volviendo al miedo, ese gran movilizador de masas, no es casual que el kit de supervivencia emerja como respuesta a “posibles amenazas” difusas como pandemias o guerras. En una Europa donde generaciones jóvenes han crecido sin memoria de la guerra, el miedo se convierte en un recurso inédito: temen lo que no comprenden y confían en quien les dice cómo sentirlo. La historia ya nos ha mostrado este mecanismo en otras ocasiones; Carl Schmitt argumentaba que la política se sustenta en la dicotomía amigo-enemigo, y qué mejor manera de unir a una sociedad que brindarle un enemigo común y un salvador único.
Esta apelación al miedo se convierte en una herramienta eficaz para legitimar lo que antes se consideraría impensable. Es el pretexto ideal para imponer medidas que, en situaciones normales, suscitarían resistencia, con el resultado de mayores gastos y la reducción de nuestras libertades.
Esta simbiosis culmina en una profunda orfandad intelectual. El miedo se convierte así en un sinónimo de control, donde la seguridad ilusoria prevalece sobre la justicia y la verdad.
Excluyendo a algunas excepciones como Finlandia, que ha desarrollado mecanismos reales de preparación para un conflicto, Europa se encuentra en una posición de vulnerabilidad evidente. Y no se trata de emitir juicios simplistas sobre la complejidad del poder, pero resulta legítimo cuestionar la utilidad real de unas baterías, agua y medicamentos (que, por cierto, la mayoría ya poseemos) frente a una amenaza existencial.
Desde el fin de la Guerra Fría, Europa abrazó la idea de que la historia había llegado a su culminación, tal como predijo Fukuyama en «El fin de la historia y el último hombre». La victoria de las democracias liberales parecía definitiva, y con ella se instauró la creencia de que las grandes disputas ideológicas se habían extinguido.
Mientras tanto, otras potencias fortalecían su orgullo nacional y avanzaban hacia la autosuficiencia, sin perder de vista sus ambiciones geopolíticas. Europa, cuna de los mayores imperios de la historia, prefirió entregarse a una segunda utopía: la fe ciega en que Estados Unidos nos salvará.
Ahora que Estados Unidos toma un rumbo distinto, Europa comienza a enfrentar una realidad incómoda: aún no posee la fortaleza necesaria para valerse por sí misma frente al auge de nuevas potencias. Y aunque es innegable que el camino hacia la autonomía requiere esfuerzo, sembrar el pánico en la sociedad a través de un kit de supervivencia difícilmente puede considerarse una estrategia efectiva. La verdadera preparación no se construye sobre el miedo, sino sobre una educación sólida y una conciencia crítica que permitan afrontar los desafíos con lucidez y determinación.
Europa no necesita manuales de emergencia, necesita líderes que no confundan la prudencia con pasividad ni la corrección con la seguridad.
La autosuficiencia no es un lujo ni una opción, sino una necesidad imperiosa. Porque depender de otros para la propia supervivencia no es sino una rendición anticipada. Y si Europa no toma el timón de su destino, pronto no quedará nadie a quien seguir, salvo a quienes jamás tuvieron intención de salvarla.











