Siempre he sido muy fan del cine negro, especialmente del cine sobre mafias. Desde que El Padrino llegó a mi vida, devoré libros que hablaban sobre el funcionamiento de la cosa nostra: Gomorra, de Roberto Saviano; Cosa nostra, de John Dickie; Los papeles de Valachi, de Peter Maas; Mafia, de Marcelle Padovani y Giovanni Falcone; El poder del perro, de Don Winslow…
Día tras día aprendía del funcionamiento de esa parte oscura del poder, de cómo miserabilizaban la vida de la gente de a pie y cómo destrozaban familias
Desde la ’Ndrangheta calabresa hasta la Camorra napolitana, pasando por la mafia siciliana, organizaciones criminales que suplantaban al Estado allí donde estaban, haciendo pagar impuestos a sus ciudadanos, quienes pagaban a ambos lados, al crimen organizado legal (el Estado) y al ilegal. Me sumergí en esos mundos buscando ver las formas de dominación, el lado más oscuro del ser humano.
Descubrí cosas espantosas: asesinatos diarios, cómo la gente caminaba asustada, cómo había cientos de desapariciones sin resolver, pero con el resultado evidente. Cómo reinaba el terror en aquellas ciudades dominadas por las mafias, donde la vida no tenía valor.
Fue más tarde cuando aprendí que no había que irse tan lejos para encontrar ese terror, que hace no mucho tiempo España vivió lo mismo con ETA
Asesinatos en bares como el de Gregorio Ordóñez, al más puro estilo napolitano, como el asesinato de Carmine Galante. Asesinatos a sangre fría y tras la tortura, como el caso de Miguel Ángel Blanco, que dejó a todos los españoles rabiosos frente a los televisores durante 72 horas. Asesinatos en coches bomba como el que sufrió José María Korta, que recuerdan a la muerte del brillante juez Falcone, quien no pudo completar su misión de ver una Italia libre de mafias.
Asesinatos que llenaban las hojas de los periódicos día tras día, que hacían correr la sangre por las calles de nuestro país y que hacían vivir en tensión a todos los policías y políticos, una persecución sin límites con la muerte como destino final.
Una de las lecciones que aprendí de aquellos libros de mafia fue el poder del silencio, un silencio lleno de miedo
Y es que en el País Vasco no era diferente. Al igual que en Sicilia estaba prohibido hablar de la mafia, pese a que todos sabían perfectamente de su existencia y de sus colaboradores, de quiénes pertenecían a la organización, en el País Vasco sucedía lo mismo. El silencio imperaba en los pueblos y las ciudades, y todos se “solidarizaban” por miedo a las represalias; no estar en una manifestación significaba estar en contra y, en ese momento, te ponían la diana.
Todos conocemos cómo son las cosas en el pueblo, todo se sabe, el boca a boca es el mejor periodismo y había que aparentar para no perecer
ETA aterrorizó durante décadas a los españoles, mató inocentes y, sobre todo, dejó una huella. Una huella en nuestra historia reciente, una huella oscura y profunda, llena de sangre, y que aquellos que la vivieron a día de hoy siguen sufriendo.
A las cosas hay que llamarlas por su nombre; esa era una de las grandes luchas del noble juez Falcone
Y ETA era una organización criminal, una banda terrorista, llena de criminales, no de liberadores del pueblo ni mucho menos. ETA asesinaba a sangre fría, igual que lo hacen los narcotraficantes e igual que lo hacían en los años 20 en Chicago; el móvil de ETA era la violencia y el crimen organizado, sobre todo cuando más tarde se descubrió su colaboración con otras organizaciones mafiosas con el tráfico de drogas. Incluso ya en democracia, siguieron sembrando el terror.
Hay una frase que me gusta mucho de un anarquista español, Melchor Rodríguez: “Se puede morir por una idea, pero nunca matar”
ETA asesinó, y no por una idea, sino por un interés, por el poder, como lo hacen todas las organizaciones criminales. Ahora es el momento de hacer ruido, por el silencio que impusieron durante tantos años, de recordar aquella oscura etapa y de alzar la voz por quienes la perdieron, porque si no somos capaces de reconocer lo evidente, solamente estamos ocultando la verdad y dejando las vidas de aquellos que la sufrieron en una mera anécdota. Contra la mafia no hay descanso, ni olvido, ni perdón; por eso debemos recordar y no permitir que caigan en el olvido aquellos que fueron asesinados por la mayor banda criminal de nuestro país: ETA.
















