El Premio Primavera de novela que otorga la editorial Espasa celebró ayer el “sarao” en nada más y nada menos que la Lonja, patrimonio de la humanidad.
Todo precioso, con una iluminación chulísima y gran afluencia de público, eso sí, con invitación, no vaya usted a pensar que ahí entraba cualquier pelagatos.
Todo muy “lujoso.”
Y es que esas cosas de “calidad” no se pueden hacer en cualquier sitio. Es necesario celebrarlo en sitios como la Lonja. Quizá el siguiente se celebre en la catedral, como una boda real. No lo descarto.
Antes de comenzar una pantalla nos ofrecía un visual con todos los premiados anteriores y he de reconocer que menos con uno o dos, tuve un déjà vu. No sé porque en estas cosas siempre están las mismas caras. Algún día haré una lista de cuantos premios atesoran cada uno y seguro que les da para vivir.
La turra habitual de discursos corrió a cargo de los jefazos, uno de ellos no sé de qué empresa era, nos obsequió con una charla casi ininteligible, gracias a un tono tan áspero, que se parecía mucho a un serrucho trabajando. Después como no podía ser de otra forma, la señora alcaldesa dijo unas palabras con las que nos ilustró sobre la Lonja y su historia, para terminar, instando al público asistente a comerse una paella. Precioso y nada previsible.
La afortunada ganadora Elvira Mínguez, cuenta, contando esta, con dos novelas. La sombra de la tierra y La educación del monstruo. Dos novelas y un premio Primavera de novela, todo un logro.
También es actriz y por esas faenas tiene un premio Goya y un premio Ondas.
Elvira también es directora de cine, no tardará mucho en recibir otro premio por esta ocupación, no me cabe duda.
Tras las presentaciones, la autora fue entrevistada por Anabel Alonso, que tenía muy bien preparada su actuación y sonsacó a la autora parte del argumento de la obra premiada. Una hemorragia de originalidad. El monstruo (el villano habitual) el drama de la inmigración, pero la de los años sesenta, que les dio pie a soltar la soflama requerida “deberíamos tener más empatía con las personas migrantes.”
Supongo que ese “deberíamos” la excluye de donar los cien mil euros del premio o parte de ellos a esas pobres gentes.
Una vez acabado el acto se ofreció un catering, de unos quince mil euros según algunos de los asistentes, yo no he visto la factura. Lo que sí vi y saboreé, fue el catering.
Contando con el sueldo de los jóvenes camareros que presumo no sería muy cuantioso, el tinto, el blanco y los quintos de Estrella Galicia (ahí tiraron la casa por la ventana, nada de Turia ni Alhambra…) y la profusión de queso y galletitas, quince mil euros me parecen mucho. Yo lo dejaría en un tercio. Cinco mil y ya estaría bien.
Pero qué sabré yo de estas cosas y de cómo se gastan los dineros estas gentes tan elegantes. Lo que me lleva a contarles cómo estaba la cosa entre el público asistente. A la habitual banda de sexagenarias modernas se habían unido un montón de funcionarios de relleno. Otros funcionarios, pero de los de traje y corbata y un montón de gente de calidad. Aspirantes a actriz, alguna “Lomana” rubia de bote y algunas de las premiadas anteriores. Todo muy chic.
Resumiendo. Una empresa privada (Espasa) y montón de pijos y solicitantes de ingreso en la banda, se dieron un homenaje en un edificio patrimonio de la humanidad, porque conocen al que tiene las llaves. El premio se entregó a quien se debía entregar y se hicieron las fotos.











