He esperado un día para escribir estas líneas. Ayer, 12 de julio, se celebró el Día de la Justicia Gratuita y del Turno de Oficio.
Las redes se llenaron de mensajes institucionales, fotos, agradecimientos, reivindicaciones… Yo decidí guardar silencio. Y hoy, con la tranquilidad del día siguiente, quiero compartir lo que significa para mí ser abogado del turno de oficio. No desde lo abstracto, sino desde la experiencia directa. Porque tengo el honor de ejercer como tal desde enero de 2015.
Llevo casi una década atendiendo a personas que no tienen más defensa que nosotros, los abogados y abogadas del turno.
Y lo hago desde la convicción de que la justicia no puede ser un privilegio reservado a quien puede pagarla. Que el derecho a una defensa digna es una piedra angular del Estado de Derecho. No es un favor. Es un derecho. Y nosotros, los abogados del turno, somos su última garantía.
Pero también es justo decir que no es fácil. Porque este trabajo, muchas veces, se hace en silencio. A deshoras. Con medios precarios. En guardias interminables, atendiendo a personas detenidas en los momentos más difíciles de su vida. En juzgados de violencia de género, en internamientos psiquiátricos no voluntarios, en litigios de familia llenos de dolor. Y lo hacemos sin saber si quien tenemos delante nos tratará con respeto, si comprenderá lo que hacemos por él o si simplemente se descargará con nosotros por una situación que ya le desborda.
En estos años he aprendido a no esperar agradecimientos. Pero sí me quedo con ciertas miradas. Con ciertos gestos.
Con ese padre que te dice “gracias por escucharme” después de un juicio duro. Con esa mujer extranjera que te aprieta la mano porque por fin alguien le ha explicado sus derechos. Con ese interno que te espera en el pasillo para preguntarte por su expediente. Con ese menor que no entiende qué está pasando, pero a quien tratas con humanidad.
También me quedo con mis compañeros del turno. Profesionales entregados, que compatibilizan esta labor con su ejercicio privado. Que se forman, se especializan y no bajan los brazos, aunque las retribuciones no estén a la altura, aunque muchas veces parezca que no importamos a nadie. Somos más de 40.000 en toda España, y cada uno de nosotros es una barrera contra la desigualdad.
Hay mucho por mejorar. La falta de medios, los retrasos en los pagos, la burocracia que entorpece, la ausencia de reconocimiento institucional real… El sistema necesita reformas valientes y una apuesta decidida por una justicia accesible, ágil y humana.
Porque no hay verdadera igualdad sin justicia, y no hay justicia sin quienes la sostienen cada día sobre sus hombros.
Yo, al menos, seguiré haciéndolo. Con dignidad, con vocación y con la certeza de que esta labor, aunque muchas veces invisible, deja huella. En las personas, en la sociedad y también en nosotros mismos. Porque cada caso nos enseña, nos sacude, nos recuerda por qué un día decidimos ser abogados. Y, en mi caso, por qué decidí seguir siéndolo, también desde el turno de oficio.
A veces esa huella es la historia de una mujer que ha cruzado una frontera huyendo del miedo, y que por primera vez, en una comisaría, escucha a alguien decirle “no estás sola”. A veces es ese hombre mayor que ha sido desahuciado sin entender del todo qué ha pasado, y al que acompañas en el juzgado no solo como letrado, sino casi como único testigo de su dignidad.
Porque en el turno también hay lágrimas que no se ven, vergüenzas que nadie cuenta y silencios que duelen.
Y en esos silencios estamos nosotros. Porque la justicia gratuita no es caridad, es equidad. Y el turno de oficio no es un castigo, ni un trámite, ni una puerta giratoria: es una vocación. Es una trinchera legal desde la que muchos luchamos cada día para que, al menos, el Derecho no dependa del dinero.











