¿Qué es un obrero?. Para la actual izquierda, es un señor con faja, gorra, abarcas y camisa de arpillera. Un señor que solo hace una comida al día tiene siete hijos y bebe en un botijo. Un explotado, un desposeído al que ellos y solo ellos, pueden salvar de su miserable existencia y dignificarlo.
Esto es así porque mucha de esa izquierda, son universitarios progres adoctrinados, que, en vez de mirar a su alrededor, leen los resúmenes en Rincón del vago sobre Marx y Engels.
Esta gente con “estudios” suele ver al obrero como en el siglo XIX. Esta gente es la que monta partidos políticos para guiar a ese proletariado ignorante hacia la liberación. Instigadores de revoluciones, siempre y cuando, el revolucionario que lucha armado con una hoz y un martillo sea “el obrero”. Cómo ya le ocurrió a Engels, esto rara vez ocurre, y muchos se lamentan de que “el obrero” lo que quiera sea trabajar y ganarse la vida con dignidad, en vez de matarse para que esos políticos e ideólogos acaben en el poder. La cuestión es que estas personas no saben qué es un obrero, por eso recurren a esta figura mítica. Se lían constantemente con eso de “la clase obrera” porque no reconocen que trabajadores hay de muchos tipos. Tampoco saben qué es un trabajador, ni de qué color es, ni si crecen en los árboles o brotan en las estadísticas.
Engloban erróneamente en la clase obrera a los sectores más desfavorecidos, sin darse cuenta de que en “su clase obrera” hay muy pocos trabajadores.
En este enorme saco de potenciales víctimas del capitalismo, podemos encontrar a los que aun con trabajo son pobres, a los que son pobres con vocación, porque durante generaciones han practicado el llanto para sacarse cuatro cuartos. Los que prefieren vivir de limosnas antes que trabajar, y como última adquisición, extranjeros que viven de subsidios, a veces mucho mejor que un español con trabajo. Desconocen por completo a esos trabajadores que tienen un trabajo más o menos estable y con una remuneración adecuada. Los sitúan en la clase media, por lo tanto, según su sesgada y obsoleta visión del mundo, son una especie de burgueses. De ahí que cuando llegan al poder, sus propuestas y sus leyes desfavorezcan a la clase trabajadora en su totalidad.
El tipo de trabajador que les es más ajeno es el autónomo, que dependiendo de lo que les convenga, será tratado como trabajador o empresario, como agricultor o latifundista, como granjero o ganadero.
Ese es el tipo de trabajador que menos comprenden. Solo ven en él una vaca a la que ordeñar sin tregua. Un trabajador sin jefe no es, en sus cabecitas mal amuebladas, un trabajador. Se parece mucho a un empresario, esa gente intrínsecamente malvada y explotadora.
Por tanto, la izquierda desnortada de estos tiempos busca incansablemente desfavorecidos a los que prometer el paraíso a cambio de un voto, y su mejor caladero son las minorías.
No le hacen ascos a ninguna, por peculiar que sea. Les da igual prometerle a un chiflado que se cree un caniche, galletitas gratis toda su vida. Les da lo mismo asegurar que el blanco es negro y el negro blanco, que dos más dos son cinco y que si quieres decir que por la mañana eres hombre y a partir de las cuatro de la tarde una mujer, la ley te respalde.
En su enloquecida (y nada selectiva) búsqueda de creyentes, se han asegurado de que el sentido común sea castigado y que esas peculiaridades sean impuestas a la mayoría. Todo esto ha derivado en un montón de problemas que sufre la población en general. La actual izquierda es una apisonadora. Mientras se dedica a estos menesteres, los trabajadores, acuciados por múltiples problemas miran al lado opuesto y empiezan a cambiar de voto. Para denigrarlos, han inventado un nuevo término “el facha pobre”, sin darse cuenta de que el opuesto es muy facilón, el “comunista de caviar”.
La imagen más ilustrativa de esta izquierda es la de la vicepresidenta tercera, Yolanda Díaz, o el secretario general de UGT, Pepe Álvarez, alias “el bufandas”.
El obrero hoy en día, tal y como lo percibe la izquierda es un mito, un ser legendario que solo está presente en sus mentes y en sus discursos. Poco o nada les importan los trabajadores de cualquier tipo, porque solo buscan votos con los que mantenerse en política y vivir del cuento. Y todo con la complicidad de los sindicatos, dedicados a perjudicar a los empresarios en vez de a defender a los trabajadores.
Cualquier causa, por ajena que sea a este país, les sirve para elaborar sus discursos cursis, lacrimógenos y llenos de supuesta empatía.
Nada les importan los parados, trabajadores sin trabajo o con trabajos precarios, no les importan en absoluto, y si alguna vez se acuerdan de ellos, inventan una nueva limosna que nos costará otro incremento de impuestos. En su incansable búsqueda de votos dependientes, nos han llenado el país con gente que nada tiene que ver con nosotros, regularizándolos a toda prisa, para que puedan votarles, y en esto, tanto izquierda como “derecha” están de acuerdo. Así que estamos bastante mal. Con una izquierda y una derecha que no se diferencian, con sindicatos regados de dinero público y en este momento con una oposición que ni siquiera leen lo que votan en el congreso. Malos tiempos para el trabajador y el empresario, malos tiempos para ser un trabajador autónomo.















