Somos verdaderamente nosotros cuando estamos con aquellas personas que nos motivan a reírnos, de las locuras y de nosotros mismos. Esa clase de gente que nos sacan una sonrisa sin importar la situación; como dijo mi exprofesor de bachiller, hasta en la “mierda” tienen que crecer flores. Cuando mi abuelo murió, lo primero que recordé fue su olor a tabaco. Siempre que estaba con él, tenía la costumbre de fumarse una cajetilla de cigarrillos al día. Aún puedo sentirlo.
Cada vez que viene mi prima vemos la misma película absurda, una y otra vez. Es algo descabellado, lo sé, pero siempre ha sido nuestra “tradición”: prepararnos un sándwich de queso caliente y tumbarnos a disfrutar de la estupidez. Con mi abuela, pasa lo mismo. Siempre que estoy con ella bromeamos y vemos alguna serie dramática o hasta incluso violenta. “Eso es poco común para alguien de su edad”, dicen mis amigos.
Cuando vuelvo a casa, mi mascota corre y salta para recibirme; cuando me quedo dormida por las mañanas, mi padre me despierta para desayunar su famoso y común “pan tostado con huevos revueltos”; y las comidas familiares de los fines de semana… Todas esas “tradiciones” importan. Fue el escritor John Maxwell quien dijo que “las tradiciones tienen el valor adicional de crear continuidad dentro de la familia”.
Para mí, gracias a las tradiciones conocemos mejor a las personas: la banda sonora de eructos de mi prima; la admiración de mi abuela por el hombre atractivo de la serie de televisión, sin importar que sea el villano de la trama; las icónicas frases por parte de mi padre; etc. Lo primero que recordaré de ellos serán cada uno de esos detalles íntimos, que, desde fuera, se considerarían “defectos”.
El sábado anterior invité a mi novio a casa con la intención de que conociera a mis padres. Nos reímos mucho cuando él le lanzó un más cuatro a mi madre al jugar a las cartas: “Tú quieres mi aprobación, ¿verdad?”, le dijo mi madre. A veces, cuando la veo cansada, porque le ha tocado un día difícil en el trabajo, le preparo una gran taza de té de manzanilla y, de vez en cuando, la peino hasta que se queda dormida.
Recuerdos tan mínimos y aparentemente insignificantes… Creo que son esos los que perdurarán para toda la vida. Terminan siendo fantasmagóricos, ya que permanecen en nuestra memoria durante años, aun cuando ya no estén sus personajes principales con sus acogedoras personalidades.
Al subir al vagón del metro, observo a las personas que se encuentran a mi alrededor. Cada una parecía ser única y diferente: gente con pelo azul, algunos lectores y personas que llevan tatuada su vida a un costado de su cuello. Me pregunto si yo también soy así o si me recordarán por quien realmente fui, un reflejo de mis acciones y costumbres. Mi madre siempre compra el mismo perfume. Dice que ya forma parte de su aroma y mi padre siempre la recuerda por ello. “Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”, dijo el poeta romano, Marco Valerio Marcial. «Aún puedo sentirlos», me repito.












