En una coproducción La Monnaie / De Munt de Bruselas y la Royal Danish Opera de Copenhague.
La escenografía no ayuda mucho, la verdad. Una lóbrega plataforma giratoria cuadrada y unas sillas, en los Actos I y II. En la escena de la estancia de Tatiana, ni siquiera eso. Aquí surge un pequeño error escénico con el decurso argumental, achacable al director de escena: Tatiana le pide a su aya papel y pluma para escribir en la mesa, sentada en una silla. Inexplicablemente, ella abre una página de su libro y simula la redacción. Con semejante escenario lóbrego, el milagro recayó en el iluminador, quien alcanzó sus momentos de gloria con la luz Led (el sueño de Tatiana con Oneguin) y abriendo y cerrando las cortinillas, para recortar el foco de luz.
En el Acto III, la escenografía, una plataforma tronco-piramidal con escaleras, permitió volar la imaginación y simular el salón de baile de una mansión nobiliaria rusa. Los vestuarios, en cambio, contrastaron con la escenografía, al estar muy cuidados, elegantes. La coreografía jugó en algunos momentos con la mímica, preservando el buen gusto de los tiempos de la corte del zar Alejandro I.
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Esta ópera ha estado muy bien cantada e interpretada.
Muy emotivo el tenor ruso Dmitry Korchak al cantar su aria, en el Acto II, (<kuda, kuda>), con la que cautivó al público. Se trata de un tenor lírico con un timbre que roza la heroicidad, muy tierno, aunque su instrumento no sea carnoso, pues no es un spinto. El bajo georgiano Giorgy Manoshvili, espectacular. La verdad es que se trata del papel más agradecido de toda la ópera: sólo comparece en el Acto III para cantar la célebre aria sobre el poder del amor para conquistar todas las edades (<Lyubvi vse vozrasty pokorny>), unos pocos recitativos y nada más. El georgiano tiene una voz sólida, rocosa, transitando con comodidad alrededor del Sol Bemol, en su registro plutónico. Arrancó los mayores aplausos, junto al tenor ruso Korchak.
El barítono italiano Mattia Olivieri encarnó el papel masculino estelar, Eugenio Oneguin.
Es un buen cantante, rico en inflexiones, con una buena línea de canto, muy expresivo; aunque le falta un poquito de fiato para cantar estas óperas rusas con voces graves tan rotundas. En conjunto, cuajó una linda actuación.
En las voces femeninas, en primer lugar, la soprano norteamericana Corine Winters es una voz todo terreno.
La de Washington no es una soprano dramática; pero sabe infundir mucha personalidad y talento a su interpretación. Dosifica bien los reguladores, aspecto que pudo apreciarse en el Aria de la carta, en el Acto I. La mezzosoprano uzbeka Ksenia Dudnikova se enfrentó con éxito a su papel de contralto (Olga), de la misma manera que la mezzosoprano rusa Margarita Nekrasova demostró sus dotes excepcionales al transitar por la gama de las contraltos, en su papel propio de su tesitura (Filíppievna).
Excelente la orquesta y el coro. El joven director de orquesta ruso es muy lírico. De hecho, la batuta de Osetia del Norte vivió con emoción el decurso de la partitura, en particular en las arias.









